• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Heráldica ilusoria

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Las revoluciones suelen oscilar entre la afectación cosmética, rayana en la cursilería, y la intransigente crueldad que supone una justicia fundamentada en la venganza; de la brutalidad y sadismo atinentes a ellas, la historia se ha ocupado de ilustrarnos con lujo de detalles –lo que no ha impedido que sigamos creyendo en pájaros panzudos y choquemos una y otra vez con la piedra de la testarudez para repetir, fatalmente, los errores del pasado– y, en lo que atañe al empalagoso formalismo que las caracteriza, el catálogo de excesos y artificios es tan desconcertante como voluminoso. En lo que al país concierne, la arbitrariedad toponímica, la floritura verbal y el exceso de falta de sentido del ridículo parecieran caracterizar las ceremonias conmemorativas que, aquí y ahora, mantienen al borde de un ataque de nervios a un ministro del poder popular para la logística, protocolo e instrumentación de festejos y espectáculos patrióticos, o algún otro funcionario de larga y pomposa denominación y análoga jerarquía.

Cuando Francia era una sola consigna –liberté, égalité, fraternité– y los franceses un solo canto –allons enfants de la Patrie/Le jour de gloire est arrivé– y el más soberbio de los caraqueños era apenas un mozalbete (cuyo natalicio fue el viernes motivo de jolgorio oficial), jacobinos extremistas, ebrios de laicismo a ultranza, pretendían descristianizar la nación gala y le imponían un nuevo calendario. Eliminaron el domingo, día del señor, y obligaron al arzobispo de París a usar un gorro frigio, rojo por cierto, en lugar de la mitra distintiva de su dignidad; para más inri, se expulsó a Dios de los templos para venerar a la razón, ser supremo alegóricamente encarnado en la imagen de una mujer desnuda que se colocó en el altar mayor de Notre Dame; Montmatre pasó a ser Mont Marat, Saint Tropez se llamó Héraclée y Robespierre en persona encabezó una procesión a las Tullerías para inaugurar el nuevo culto.

Ese manierismo dogmático, que, por lo general, redefine formas sin tocar fondo, no fue ajeno a la revolución bolchevique o la china, ni a las mexicana o la cubana, para no hablar del infierno camboyano. En Rusia, San Petersburgo perdió santo y limosna; con la llegada de los comunistas –que no del comunismo, porque éste, como Godot, nunca llega– la ciudad fundada por Pedro el Grande, rusificada después de la Gran Guerra como Petrogrado, pasó a llamarse Leningrado, un mal precedente imitado por Koba cuando Volgogrado pasó a ser Stalingrado. Y, hasta la disolución de la URSS, existieron las ciudades de Brézhnev y Andrópov e incluso Togliatti, remedo de Torino o de Detroit, donde se producían devaluadas versiones de los automóviles Fiat.

De vuelta a Venezuela, vemos cómo la dirigencia socialista obedece a directrices de una suerte de internacional del desafuero: así, se vislumbra ya la parafernalia preparada para recordarnos que el venidero 28 (¡el 28, el 28!), advenimiento del redentor barinés, es equiparable al 24 de Julio, fecha que, como aprendimos del hermano Nectario María, es efemérides con rango de fiesta nacional. El viernes, víspera del aniversario 448 de la ciudad, andaban rojos y rojas buscando cómo encajar en su universo paralelo el hecho de que tal día como ayer, en 1567, Diego de Losada, capitán del ejército español, para identificar al poblacho que sería “cuna del Libertador”, lo mestizó Santiago de León de Caracas, a fin de que se supiera quiénes habían sido los primigenios amos del valle. Abominaron de la orden que lleva su nombre; en su lugar crearon deleznables condecoraciones para honrar a mártires falaces y rayar aún más a sus figurantes.

En su desquiciado empeño de suplantar realidades históricas –descubrimiento, conquista, colonización– con deseos y ojalá (wishful thinking), al ayuntamiento caraqueño le ha dado por la heráldica y propone modificar el escudo capitalino para expulsar al león –¿qué dirán los caraquistas?– e incorporar una boina con la inscripción 4F y la mirada panóptica del intemporal, quien ni siquiera era nativo de la urbe que Pérez Bonalde sublimó con blanca torre, techos rojos y azules lomas. Los munícipes del PSUV, que acaso nunca supieron de Alonso Andrea de Ledesma y su quijotesca resistencia en solitario al ataque pirata comandado por Amias Preston, desdeñan la condición ciudadana, pero gustan del ornato nobiliario. Se dice que, cuando fue burgomaestre, Aristóbulo adornaba su despacho con un escudo de los Istúriz, regalo de un homólogo bilbaíno, seguramente encargado a uno de esos forjadores de blasones y árboles genealógicos que se anuncian en Internet, capaces de emparentar a un don nadie con la más encumbrada aristocracia. Divagaciones aparte, me tinca que los concejales socialistas están más interesados en los negocios derivados del cambio de símbolo que en el símbolo mismo. ¿Cuánto habrá para eso?