• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Golpes

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Aunque hay quienes porfían que las casualidades no existen, quiero creer que, el mismo día que informaba –como casi toda la prensa mundial– sobre el deceso de Mohammad Ali, el acaso propició que apareciese en El País de España un artículo rubricado por Juan Jesús Aznares en el que se pintaba a Maduro como “un gobernante bocazas más incapaz que populista”, retrato nada alejado de la realidad, pero que reclama desambiguación. Como se recordará, cuando Ali era conocido como Cassius Clay, su “nombre de esclavo”, y ya se sabía “el más grande” –“Yo soy un sabio del boxeo, un científico del boxeo. Esa es una realidad científicamente demostrada”–, fue apodado “bocazas” por los cronistas deportivos; su trayectoria, sin embargo, demostró que su locuacidad no era fanfarronería, cual la bravuconería destilada por el habla rudimental e imprecisa de Nicolás el empecinado, y que opinaba con agudeza, originalidad y suficiencia creativa sobre lo humano, lo profano y lo divino, por lo que su discurso se hizo referente insoslayable de la cultura popular norteamericana. Si Rimbaud celebraba haberse bañado en el «Poema del Mar» –Le bateau ivre (1871), podríamos metaforizar que Ali componía poemas con sus puños para “flotar como una mariposa y aguijonear como una abeja” (Floats like a Butterfly and Stings like a Bee).

Las decires que se le adjudican se han multiplicado en antológicas listas que, por estos días, abruman la Internet. No son las suyas citas perogrullescas a la manera de Yogui Berra –“El juego no se termina hasta que se acaba”–, sino certeras sentencias, contundentes como los golpes que propinaba, una de las cuales nomás leerla asociamos al tándem Chávez-Maduro, responsable de la desgracia nacional: “El hombre que ve el mundo a los 50 igual que lo veía a los 20, desperdició 30 años de su vida”. Alimentando esperanzas inútiles, que derivaron en amargas decepciones y trágicos desengaños, el inmarcesible cardiopatriota barinés –que no entendió que con la caída del Muro de Berlín el comunismo pasó a ser materia de estudio en la historia universal de los fracasos– corrompió la estructura social del país, descuajaringó su superestructura institucional y, para rizar el rizo, condenó a la ruina su infraestructura física; su cola vestigial –atávico rabo de paja– abrió el paraguas antes de siquiera insinuarse la lluvia y decretó una guerra a muerte a la economía, cuyas batallas saturan con somnífera reiteración el frente mediático. Como resultas de ese anclaje en el pasado, Venezuela perdió su mejor oportunidad de dar un formidable salto cualitativo hacia adelante.

El derrumbe de la muralla de la vergüenza fue un duro golpe para las novelas de espionaje. Escritores que tejían sus tramas teniendo como eje esa división del planeta entre los malos del este y los buenos del oeste tuvieron que improvisar nuevos escenarios para sus intrigas; John le Carré, por ejemplo, inventó un sastre forjador de fábulas en Panamá para birlar a la inteligencia británica. Operación similar intentan los propagandistas rojos con el goebbeliano designio de hacer veraz la mentira. Así, difunden documentales de pomposo título (“La guerra económica contra Venezuela, componente esencial de la geopolítica imperial”), deplorables contenidos y lastimosos continentes, amén de una batería de cuñas radiales y televisivas basadas en el concepto de que la simplificación de la producción –potenciada por la escasez de insumos– es un golpe contra el pueblo. Y aquí es donde uno no puede sino exclamar ¡qué bolas tiene bolaños! Golpe contra el pueblo es la conjura urdida por ese diabólico cuarteto de mercaderes al servicio del autoritarismo vernáculo –Zapatero, Fernández, Torrijos, Samper– para ganar tiempo y conseguir que Maduro estire su mandato hasta 2018; golpe bajo, muy bajo, es el que intentado conectarle el Zapatero remendón –así lo llama un amigo– a la MUD con su pedido de que desista del revocatorio a cambio de una amnistía chucuta a los presos políticos. Golpe es la celestina dilación de las alegres comadres del CNE en la validación de las firmas de los solicitantes del referéndum.

Mientras algunos jefes de Estado deshojan la margarita de la solidaridad, continúan los arteros golpes y el país se cae a pedazos. “Se hundirá aún más en el abismo infernal en que ha caído por culpa del régimen autoritario, cleptómano, manipulador y criminoso que nos domina”. Este encomillado vaticinio lo pone Vargas Llosa en boca de uno de los personajes de su última novela, Cinco esquinas, en alusión al Perú de Fujimori y Montesinos; podríamos, empero, hacerlo nuestro, al igual que un fugaz poema de Ali, el más corto del que se tenga noticias: “Me. We”. (Yo. Nosotros); y, para finalizar, ya que el espacio es corto y el Perú noticia, evocar a Vallejos: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!”.