• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Funeral republicano

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Meto tarde la cuchara en el asunto que aquí trato. Lo sé, pero no podía pasar agachado, pues hemos presenciado cómo los actores de un  sainete del que apenas somos espectadores —y del que repudiamos sus pésimas interpretaciones sin que se den por enterados — se han despojado de sus máscaras para que sepamos quién es quién en la escena nacional, aunque  no nos expliquemos  por qué, si el gobierno cambió de manos, pareciese que nada hubiera sucedido y que la abdicación de Nicolás Maduro y el tácito reconocimiento de su cortedad de miras e incapacidad para solucionar los numerosos y graves problemas que pusieron a Venezuela al borde de una crisis humanitaria, reconocida por todo el mundo, menos por él y sus aduladores habituales, no tomó a nadie por sorpresa. A juzgar por comentarios oídos y leídos, la delegación de la presidencia en un generalote, era cosa esperada y su concreción, simple cuestión de tiempo. No es descabellado, sin embargo, conjeturar  que no se trató de un endoso, sino de un arrebatón: de una usurpación que reforzaría la opinión de quienes sostienen que, con ese empoderamiento, se consumó un apacible golpe palaciego —un inevitable putsch casi que de salón —, cuyas causas radicarían en la irresponsable digitación con la que Hugo Chávez nos metió gato por liebre, ungiendo como sucesor suyo a un cantamañanas con suerte, persuadido de que cualquier hijo de vecino podía ser estadista por decreto.

Ya no es cuestión de barruntos o sospechas; las dudas han sido disipadas y está claro que en Venezuela hay una regencia militar, lo cual no es ninguna novedad en un país históricamente arreado por gorilones de diversa catadura, autoproclamados “herederos del glorioso ejército libertador” y, por esa circunstancia, merecedores de adjudicarse la conducción de la nación y gestionarla, en tanto que botín de guerra, cual enorme latifundio por compartir con sus compadres. El haber participado en lides emancipadoras —más en defensa de privilegios que en procura de libertad— les convenció de que, en tiempos de paz, la Administración Pública era su campo de batalla natural.

En 2004, Elías Pino, entrevistado por Boris Muñoz, alegaba que el militarismo era el cementerio de la Republica y censuró, con razón de sobra, a Nicolás Maduro, entonces flamante presidente de la Asamblea Nacional, por sostener que “el Ejército es anterior a la nación”, lo que ponía de bulto su desprecio por el Parlamento mismo, al hacer de los cuarteles esencia de la nacionalidad. Sí. Para Nico, “antes de la patria está el Ejército”, pero ¿cuál Ejército? ¿Pensaba acaso en alguna “heroica” tropa de guerreros sublimados por el pincel de Pedro Centeno Vallenilla? Porque, verdad verdadera, el Ejército en el que se formaron Chávez, Padrino & Co. es el que Gómez organizó y graduó con honores a Pérez Jiménez. Bajo la bota de este se vivía con miedo. Bajo la del militarismo del siglo XXI, al temor hay que sumar hambre.

No es de extrañar que si la sociedad civil exige al jefecillo accidental someter la continuidad de su mandato a un referéndum, este se escude en la platónica idea que tiene de la Fuerza Armada y, al traspasar su gestión al ministro de la Defensa, se lleve en los cachos a esta República enferma de mal bolivariano. El culillo es libre. También lo es recelar de la omnipresencia castrense. Recelo que se ha instalado en el ADN de la sociedad civil, acaso por derivación del atávico “odio instintivo hacia los militares” que el comandante Oscar Tamayo Suárez atribuía a la generación de 1928. O, seguramente, la aprensión provenga de su educación, sus rituales, sus uniformes, sus votos de ciega obediencia y su insufrible y canallesco patrioterismo. Al respecto, pensamos que Bakunin acertaba al razonar que “sometidos a una disciplina despótica, acaban sintiendo horror de cualquiera que se mueva libremente. Quieren imponer a la fuerza la disciplina brutal, el orden estúpido del que ellos mismos son víctimas”. Se dirá: “¡Claro, es la postura de un anarquista!”. Lo es, más que decir de Georges Clemenceau, quien, además de inmortalizar la frase “la guerra es asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”, emitió este lapidario juicio: “Es suficiente agregarle la palabra ‘militar’ para que una palabra con significado lo pierda. Así, la justicia militar no es justicia, la música militar no es música”.

¿Prejuicios? ¡Absolutamente! No son tales, sin embargo, los narcogenerales, la escandalosa corrupción y 137 años de tutela castrense contra 56 de mandato civil que nos hablan del desafuero de uniformados de toda laya y jerarquía que, ahora, con sus sables y bayonetas y los pico-y-palas del TSJ, cavan la fosa sepulcral de la República, mientras impávidos mediadores, sin respeto por el muerto, pretenden resucitar el diálogo.

rfuentesx@gmail.com