• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Fabular la Realidad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ahora, cuando las bibliotecas caben en una pen drive, no tiene mucho sentido seguir amontonado libros con el propósito, siempre postergado, de leerlos en algún momento, de modo que cuando damos con un volumen que evidencia no haber corrido esa suerte nos invade una mezcla de placer y satisfacción al recodar lo qué nos gustó de él o cómo y porqué lo leímos, más si esa evocación señala el sendero por el que podemos echar a andar nuestra escritura, hilvanar un discurso legible y poner a prueba la paciencia del lector.  Nos acaba de suceder con una breve y divertida  novela del escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia, Maten al león, publicada en 1969.

La leímos en los agitados días de la renovación universitaria y nos tocó releerla, poco tiempo después, a raíz de una visita que hiciera al país el cineasta (también mexicano) Alfonso Arau, quien acariciaba la idea de cinematografiarla con José Ignacio Cabrujas como guionista y José Díaz, Joselo (entonces un morisquetero en alza, por obra y gracia de Enrique Menéndez Bardón), en papel protagónico, lo cual, de haberse concretado el  proyecto –y quizá por alipori -, nos hubiese ahorrado a Hugo Chávez; pero, lo que no alcanzó a realizar el autor de El águila descalza y Como agua para chocolate, lo materializó, en 1977, su compatriota José Estrada con una estrafalaria cinta que, en numerosas escenas, pareciera una reproducción  de esta  Venezuela  roja presagiada en la novela; sin embargo, si ésta es una parodia a medio camino entre la sátira y el sarcasmo, la película es, más que su caricatura, una mamadera de gallos, cuya puesta en escena semeja los  pueblerinos espectáculos auspiciados por esa “Sociedad Luis Pasteur para el Fomento de las Artes,  las Ciencias y las Industrias de San Rafael de Ejido” concebida por Cabrujas para su Acto Cultural, y por ello la sentimos tan próxima a nosotros.

No es Maten al león  la única novela hispanoamericana que gira en torno a un caudillo; tampoco es una obra maestra que sobresalga en la extensa lista de títulos salidos de ilustres plumas que han incursionado en ese feraz subgénero,“la novela del dictador”, desarrollado a partir del Facundo de Sarmiento (1845), como Tirano Banderas (Valle Inclán) Señor Presidente (Asturias), Yo el supremo (Roa Bastos), Oficio de difuntos (Uslar Pietri) El otoño del patriarca (García Márquez) o La fiesta del chivo (Vargas llosa); pero los acontecimientos que se suceden en la República de Arepa, pequeña y redonda ínsula caribeña de apenas 35 kilómetros de diámetro donde gobierna el Mariscal de Campo Manuel Belaunzarán, a punto de finalizar su cuarto período  presidencial –  constitucionalmente el último que le es permitido –  se nos presentan tan afines a los que acá ocurrieron y ocurren, que se podría inferir que estamos ensayando una representación de la obra de Ibargüengoitia. Y es que es tan Maduro el Belaunzarán de la película,  son tan Cabello y tan Jaua sus corifeos, tan PSUV su Partido Progresista y tan MUD la oposición del Partido Moderado que uno no puede dejar de suponer que lo nuestro es un deja vu, o, en el peor de los casos, un remake, una nueva versión o un refrito que nos impide reencontrarnos con el presente y romper las cuerdas con las que la  revolución nos ata al ayer.

La poesía también se ha ocupado de los tiranos; no exactamente para condenarlos sino para ensalzarlos: Miguel Hernández, Rafael Alberti, Nicolás Guillén y Pablo Neruda, en la lengua de Cervantes, le cantaron a Stalin; Paul Éluard y Louis Aragon hicieron lo propio en la de Molière. Rapsodas tarifados cantan a Chávez y manosean a Bolívar para emparejarlos. No se explica uno, a pesar de Whitman o Cadenas, por qué esa fascinación no se manifiesta con similar ímpetu hacia la democracia, y por qué no aparece un creador que, tal como Valle Inclán o Ibargüengoitia con  Tierra Caliente o  Arepa, forje  - con palabras o imágenes - la  ficticia República de Oro Negro, riquísima nación de pobres, anclada en el pasado y habitada por enchufados, perplejos mirabolsas y míseros hacedores de colas, donde las vilezas son historiadas como hazañas y el sicariato, el paramilitarismo, las mafias y el narcotráfico conviven en complicidad con un gobierno militar que, desde su  Alcázar de La Planicie, ejerce el muerto siempre vivo, por mediación de un ungido seguidor de Sathya Sai Baba, irresoluto y de porvenir incierto, que ha logrado sincretizar hinduismo, santería  y marxismo en un culto que sus devotos llaman chavismo. Y es que fabular la realidad ayuda a su compresión.