• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

Esperando a Godot

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No son Vladimir (Didi) y Estragón (Gogo) los únicos que se quedan con los crespos hechos por aguardar inútilmente a un salvador o redentor –el autor desaprueba este símil– que brillará por su ausencia a lo largo de dos demenciales actos bajo un imprescindible árbol del cual han pensado colgarse para abreviar su espera; el público, que de antemano sabe o intuye que la dupla de vagabundos ha sido citada en vano, también caerá en la trampa deseando que el objeto de la espera se manifieste, de alguna manera: en una explicación, una moraleja o un final feliz. Pero, no; en Esperando a Godot (Samuel Becket, 1952), las expectativas e ilusiones no se agotan, de lo contrario los protagonistas terminarían ahorcándose y no resignados a prorrogar su plantón hasta el día siguiente: “Nos ahorcaremos mañana. A menos que venga Godot”, propone Vladimir. “¿Y si viene?”, pregunta Gogo. “Nos habremos salvado”, responde Didi.

El sísifico comportamiento de los menesterosos  imaginados por el Nobel irlandés en lo que se reputa obra paradigmática del teatro del absurdo, no hace sino ratificar la convicción de que la ficción es, apenas,  un anémico  reflejo de la existencia; el desasosiego y la incapacidad de Vladimir y Estragón de reaccionar ante  un destino signado por la inanidad y el fracaso son, si acaso, una metafórica reducción a mínima escala de la ansiedad y la impotencia de un contingente humano al que se le escatima, como sucede en Venezuela, su  condición ciudadana al obligarla a soportar  insufribles, tediosas e interminables  colas para comprar (no para que le regalen)  productos que no terminan de aparecer. La asombrosa pasividad de quienes debe soportar tanta penuria pudiera interpretarse como un insólito acto de fe – la esperanza  es  no sólo “el sueño del hombre despierto”, como dicen que sentenció Aristóteles, sino lo último que se pierde de acuerdo al refrán – como el que mueve a los apostadores. Y, claro, hay razones para que,  entre nosotros y en los actuales momentos, ello ocurra.

¿Y cuáles serían esas razones que dieron pábulo a lo que podría confundirse con  un disparatado exordio? Hay varias, todas  potenciadas mediáticamente a comienzos de la semana que hoy concluye. La primera es la cercanía de las elecciones parlamentarias, un evento que,  aún sin fecha precisa para su realización, ha alertado al gobierno – y ojalá operase de igual manera sobre la oposición – a tomar posiciones   en plan madrugador. Y, como una cosa lleva a la otra, algún zahorí sembró la sospecha de un nuevo dakazo,  lo  que hizo madrugar infructuosamente a buen número de personas para hacerse de  electrodomésticos que no encontraron. Y es que no hay mercancía, al menos no en cantidades apreciables,  para  abaratar, confiscar o repartir. De allí ese diminuto y electorero  ajuste  del sueldo mínimo que ni multiplicado por 10 alcanza para remendar el capote inflacionario - pero si para torear el resquemor causado por el generoso incremento decretado para los militares (tres veces mayor al pautado para los que menos ganan) -,  una compensación caritativa de efectos imperceptibles, sobre todo cuando se revisan el costo de la cesta básica y los precios de los escasos artículos que se ofertan en esos espacios para la frustración  en que han devenido tiendas y supermercados, de los cuales como que no tienen noticia las inspectorías y súper intendencias a cargo de fiscalizarlos. A falta de pan, sin embargo, no sólo tenemos patria, ahora también tenemos el original de la Carta de Jamaica ¿Qué tal?

 El panorama que se nos ofrece es, persistimos en las analogías, propio del teatro del absurdo. Sólo así entendemos que Nicolás Maduro empeore las cosas antes de que se estropeen, sin parar mientes en que sus acciones  lo hacen quedar muy mal, incluso, entre la menguante comparsa de colaboracionistas y cómplices reclutados por medio del chantaje asistencial; o, como si fuese su dueño,  el presidente del parlamento abuse pública y desvergonzadamente del “canal de todos los venezolanos”  para injuriar a sus adversarios. ¿Y qué decir del políticamente sesgado comportamiento del Jefe del CEO y Ministro de la Defensa,  o de la indiferencia  del ejecutivo ante la negativa de entregar sus armas por parte de las pandillas armadas y con licencia para delinquir  que se hacen llamar colectivos?

A todas estas, la mesa está servida para la elección de los rectores que, en el Consejo Nacional Electoral, habrán de sustituir a Lucena, Oblitas y Díaz y que, como es de conocimiento público, está en manos de un desequilibrado comité de postulaciones salpicado de rojo; no es probable que allí se seleccione a un trío arbitral objetivo e imparcial: esperar algo distinto es esperar a Godot.