• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Duelo imposible

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Si alguien supo lidiar con la muerte fue la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross (1926-2004), cuyo nombre está asociado a un muy conocido modelo para la aceptación del duelo que comporta cinco fases, negación, ira, negociación, depresión y aceptación, expuesto en su libro On death and dying (1969), traducido al español con el título  La muerte, un amanecer, y que se aplica no solo a enfermos terminales y a sus deudos sino, en general, al proceso de ajuste emocional inherente a cualquier pérdida, desde el fallecimiento de un ser querido hasta la derrota de nuestro equipo deportivo favorito. No parecen conocer ni el libro ni el método de la tanatóloga suizo-norteamericana, o desconfían de su eficacia y recelan de su contenido, quienes se ocupan de paliar las cuitas de los caciques de la tribu pesuvista, comenzando por los frenópatas cubanos, que exhibían los logros de su represiva maquinaria de redención de “desadaptados” como atracción turística en visitas guiadas a Mazorra (Hospital Psiquiátrico de La Habana) –en 2010 se supo que en ese manicomio los loqueros castristas sustituyeron los tratamientos desarrollados por la “psiquiatría burguesa” para el tratamiento de trastornos mentales por ayuno y frío, revolucionaria terapia socialista que causó la muerte, por hipotermia e inanición, a 26 pacientes (50 según radio bemba)– hasta el discípulo de Chirinos que ensaya las teorías conductistas de Pavlov con lunáticos de la esquina caliente, a quienes condiciona para que agredan a cualquier viandante de rasgos que difieran de sus lombrosianas facciones. No. No saben los alienistas oficiales cómo ayudar a superar los infortunios de sus jefes. De allí tanto tueste y falta de cordura.

Ya en su años postreros, el destinado a la inmortalidad pasajera mostró alarmantes síntomas de insania y jugó con la muerte ajena: intentó, mediante ritos necrófilos, disfrazados de ciencia, rastrear en la osamenta del Libertador las huellas de un homicidio imaginario, tan fantasioso como los magnicidios que denunciaba cada vez que vislumbraba un bajón en su popularidad; entrar en contacto con los despojos de Simón Antonio fue –acaso así se lo planteó– como darse una baño de cariaquito morado; empero, el tiro se le fue por el tubo de escape y ya sabemos lo que padeció el pobre.

Con el trono, al heredero también le fue legada parte de esa chifladura, tal como se evidencia en la rabia e incredulidad de las que es presa (¿estrés postraumático?) cuando piensa que ya el Legislativo no estará a sus órdenes y, si no se quiere meter en camisa de once varas, tendrá al menos que pensar en algún tipo de negociación. No puede seguir creyendo que ha sido objeto de traición popular, pues terminará sintiendo –como en un momento dado le sucedió al Dr. Sanabria de Barrera Tyszka– que “Venezuela es una mierda, un derrumbe que ni siquiera llega a ser país”. Debe, aunque solo sea una vez en su vida, colocarse a la altura del momento histórico, asumir su responsabilidad por el fracaso y no hacer de la Navidad una antesala del infierno –“No crean que esto se va a quedar así, nosotros vamos a cambiar esta situación y no le vamos a permitir a la derecha que consolide su golpe electoral”–. Al respecto, sigue vigente lo que  el autor de Patria o muerte (Premio Tusquets de Novela 2015) escribió el pasado domingo en Siete Días: “Después de lo que han dicho […] si hoy tuviéramos de nuevo elecciones, el oficialismo sacaría todavía menos votos”.

“Los votos deberían pesarse, no contarse” propuso Schiller –bardo cuya Oda a la alegría Beethoven se encargó de magnificar en el espléndido movimiento final de su Novena Sinfonía–, una sugerencia que, de tener Nicolás una pizca de sensibilidad poética, le aligeraría el peso de la derrota; pero, en política, para poner buena cara en tiempos de tormenta y adversidad, se requiere de talante democrático, cosa de la que carece quien presume de condición obrera y, sin embargo, es capaz de permitir que a los trabajadores se les sancione económicamente por supuestas infidelidades (al que da y quita, el diablo lo visita). De seguir en ese demencial camino empedrado de nefastos apólogos  e incitaciones a delinquir, esos cuatro jinetes del apocalipsis escarlata –Maduro, Cabello, El Aissami y el que imponga Fuerte Tiuna– se las van a ver negras, requetenegras cuando tengan que enfrentar a los demonios del hartazgo, que ya les ganaron el primer round y no están dispuestos a calarse un régimen inepto y corrupto, penetrado por mafias gansteriles y narcocarteles, que aceptan las decisiones del electorado únicamente cuando les son propicias. Están jugando con fuego y se van a tostar más de lo que ya están. Entonces la depresión será más profunda y la aceptación más dolorosa.