• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Cuñas en tiempos de crisis

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La semana que hoy concluye ha estado signada por una brutal devaluación y la secuela de los terribles sucesos acaecidos en el último salvavidas disponible en la nave gubernamental, el arco minero de Guayana, entregado, en trance de desespero y términos desconocidos, a empresas canadienses, alemanas, norteamericanas y asiáticas que extraerán oro, cobre, plata y coltán, a ver, camaradas, si con esa rebatiña entra algodón… ¡pa’ que siga la guachafita! Con ánimo de indagar más sobre la suerte de los 28 (o más) trabajadores a los que se les  acabó el calipso y el Tumeremo tomorrow night, me abrí paso en Internet por un torrente de conjeturas y señalamientos que no dejan títere con cabeza respecto a la culpabilidad de los perpetradores de la masacre –por algo chilló Padrino–, para dar, en un uno de los meandros del caudaloso río informativo, con un enlace que despertó mi curiosidad –«La desesperada propaganda del gobierno»–; de modo que me aparté de la primigenia intención de abordar el tema que ha captado la atención unánime de la nación para ocuparme de una actividad en la que se invierten multimillonarias sumas con el propósito manifiesto de engatusar a la gente, mediante la goebbeliana metamorfosis de lo falso en verdadero, y «cargar sobre el adversario los propios errores o defectos».

Casi todos hemos oído o leído que «lo bueno, si breve, dos veces bueno». La frase la debemos a Baltazar Gracián y está en uno de los 300 aforismos –el 105– compilados en su Oráculo manual y arte de prudencia, obra publicada por primera vez en 1647 y que, a pesar de haber conocido desde entonces, además de incontables ediciones y traducciones, un buen número de simplificaciones estilísticas –un libro escrito hace casi 4 siglos difícilmente puede ser estudiado sin dificultad por un lector actual y no especializado–, sigue teniendo vigencia plena. Nuestro interés no se centra exclusivamente en esa cita, sino en su contexto, una magnífica exposición de motivos a partir de la cual el autor aconseja «no cansar», y que los publicistas, especialmente los que en esta fase postrera y agónica del régimen asumen la bien remunerada responsabilidad de diseñar engañosos mensajes de consolación para tontos –ahora, en revolución, a pesar de la crónica escasez, sin agua, sin luz, pero con mucha patria, se vive mejor (¿?)– deberían consultar antes de inventar irrisorias consignas fundamentadas en el ilusorio y delirante mundo de las confrontaciones virtuales (guerra económica) y fraguadas con la convicción de que, como afirma un personaje de la película El nuevo exótico Hotel Marigold (John Madden, 2015), «el instinto es la nariz de la mente». Así, con el olfato tras el aroma del dinero, y ciñéndose a las pautas dictadas por consultores y estrategas recomendados tal vez por Lula, la carpintería creativa local se decantó por el trillado camino de los testimoniales y slides of life –episodios arrancados de la vida misma, ¡óyeme tú!– para producir un deplorable comercial que irrespeta la inteligencia ciudadana y subestima al público objetivo (target) del mensaje, asumiendo que va dirigido a una manada de pendejos.

La cuña, que puede verse en Youtube, es un compendio de descomunales exageraciones que hacen palidecer la descarnada miseria expuesta por Oscar Lewis en Los hijos de Sánchez (1961); un patético alegato que, al menos, deja entrever que las cosas no están para nada bien –«hay colas y desabastecimiento»… imputables, ¡claro!, a la especulación inherente a la «guerra económica» (¡sácamelo!)–, solo para enfatizar que «esto no es nada comparado con lo terrible que era vivir antes del chavismo», discurso falaz, dramatizado con imágenes tendenciosas, conducentes a asegurar que solo pellejos, huesos y desperdicios conformaban la dieta popular de la IV República; se llega, incluso, al extremo de insinuar que no había educación gratuita, esa que formó y movilizó social y económicamente a la panda de expoliadores que nos desgobierna, a cuya cabeza está el hombre en el que la supuesta ama de casa –madre soltera sugiere el cuadro familiar que se nos presenta, para estar a tono (como posiblemente recomienda la estrategia que lo sustenta) con el destinatario del spot– deposita su fe.

Se trata de eso: de tener fe en que, desde el Cuartel de la Montaña o del más allá, el eterno resplandor del santón barinés iluminará al jefecillo para que ponga a marchar la carreta que se atascó en un sendero enfangado por su incompetencia y, en demasía, por la atroz gestión de sus enchufados. Nicolás, lo mismo que Hugo, procura, en vano, deslumbrar sin pilas y no ha querido «contar con inteligencias auxiliares», cual aconseja el Arte de la prudencia. ¡Cuánta razón asistía a Gracián al afirmar que «es singular grandeza servirse de los sabios»!