• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Culebrón de la (des) igualdad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:


Hemos tenido la oportunidad de ver Dickensian (2015-16), serie británica hábilmente urdida en torno a la investigación de un asesinato y a memorables personajes de algunas de las más populares novelas de Charles Dickens –Cuento de Navidad, Grandes esperanzas, Los papeles póstumos del Club Picwick, Casa desolada–, con los que el guionista pobló un barrio londinense del siglo XIX. En tal escenario, a medida que avanzan las pesquisas del inspector Bucket para aclarar el homicidio del prestamista Jacob Marley, nos topamos con figuras como las de Ebenezer Scrooge, tacaño por antonomasia y socio de la víctima, Oliver Twist, epítome de la orfandad, y otros singulares caracteres que el cine, la radio, la televisión –y hasta el cómic– han popularizado y convertido en arquetipos de sus condiciones. A medida que dábamos cuenta de los 20 capítulos del teledrama –delicioso manjar seriéfilo, lo conceptúa un bloguero– caímos en la tentación de compararlo, pensando en lo que aquí acontece, con otras dos producciones, también inglesas y también magníficamente ambientadas y actuadas: Upstairs, Downstairs (Los de arriba y los de abajo, 1971-75) y Downton Abbey (2010-15).

En Dickensian hay una clara asignación de roles y cada cual está donde debe estar, aunque la mala conciencia de una aristócrata venida a menos o de una acaudalada heredera les permitan fingir que tratan como pares suyas a la cocinera o a una modistilla. En Los de arriba y los de abajo hay desde el título mismo una ostentosa separación clasista: en la planta superior del 165 Eaton Place, Londres, mora  la muy acomodada familia Bellamy; en la inferior, lo hace su servidumbre; se entremezclan aconteceres, pero cada quien sabe dónde está parado. Downton Abbey, ambientada como la anterior en la primera mitad del siglo XX y trufada con el naufragio del Titanic, la Primera Guerra Mundial o la escandalosa corrupción del gobierno de Warren Harding –la esposa del señor conde, jefe de familia, es norteamericana– y acontecimientos similares, narra las peripecias de los Crawley y la legión de sirvientes que cohabita con ellos en su aristocrática mansión de Yorkshire.

Esa asimétrica convivencia, dictada por cuna y fortuna, tiende a ser desestimada por la condescendencia –¿sentimiento de culpa?– de alguna sufragista con ideas descabelladas o de un laborista en ciernes, para consternación de rígidos maridos conservadores e intransigentes abuelas victorianas. Una postura no muy diferente del igualitarismo, a huevos y por abajo –“buena intención” de las que está empedrado el camino del infierno rojo–, que ha hecho envejecer prematuramente al socialismo del siglo XXI, pues, impone solidaridades hipócritas en detrimento de la libertad, y se manifiesta mediante dos fenómenos derivados de su insuficiencia teórica y su correlato, la praxis improductiva: lumpen proletarización de la ciudad y ruralización de los núcleos urbanos.

El primero es producto de la movilización de la población para intentar eludir los rigores de la carestía y la escasez, inevitable trashumancia que, ayuna de orientación, organización y dirección, es aprovechada por toda suerte de estraperlistas, pandilleros y perdona vidas para imponer su ley del chuzo y el revólver en la largas e interminables colas que se forman en los zonas residenciales de las urbes todas del país; en ellas, elementos armados, en complicidad con venales funcionarios policiales e inescrupulosos empleados de abastos y supermercados, alteran el orden de llegada de los ciudadanos para usurpar sus ubicaciones y surtir a su antojos a los empresarios del bachaqueo; el segundo, que cuenta hasta con un ministerio, recuerda el horror camboyano y procura la transformación de las viviendas en conucos  y porquerizas –sin disponer de agua, semillas, abono y alimentos para animales–, es un atentado contra la calidad de vida y el medio ambiente; atentado dispensable en nombre de la patria y “el buen corazón” del eterno y su panóptico voyerismo mural.

Mientras el deterioro se extiende inexorablemente por doquier, el nicofascismo chavista ensaya una inédita modalidad de organización social que precisa, como en las teleseries aludidas, dividir (¿para vencer?) a la gente y encasillarla en dos estamentos excluyentes: el de los privilegiados, que tienen la sartén por el mango, visten uniforme y portan armas; y el de sus antagonistas, los excluidos de la rebatiña, ingenuos defensores de una convivencia imposible porque no cuadran con la demagógica idea de pueblo que tienen las grises eminencias (más grises que eminentes) que rodean al reyecito y detentan el poder real: una aquiescente muchedumbre dispuesta a cooperar con los juegos de guerra que Maduro justifica con sofismas y falsas premisas: “Una república independiente necesita un poder militar cada vez más poderoso y, cuando la oligarquía pretenda ofenderle, tiene que ser el pueblo quien salga a defender a sus soldados”. ¡Habrase visto! ¿Quién habrá sido el guionista de tan peligroso culebrón?