• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Raúl Fuentes

Células grises

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Una vez que Chávez dejó claramente establecido cuáles eran los propósitos que perseguía la revolución que abanderaba, le fue muy difícil sumar inteligencia e imaginación a su proyecto, porque no todo el mundo quiso rendirse a los caprichos de un hombre que decidió enrumbar el país  por un sendero distinto al que los electores le encomendaron y  se refugió en el regazo del castrismo para gobernar; por eso, lo abandonaron los contados  seres pensantes que creyeron en la posibilidad de un cambio  democrático y, en consecuencia, se tuvo que conformar con la adhesión de gestores, oportunistas y adulantes de diverso pelaje que  lo único que han hecho crecer, además de la inflación, la carestía y la delincuencia, son las colas,  la burocracia y  la corrupción.

Unas cuantas décadas antes de que la antipolítica catapultara al frustrado golpista y magnicida al estrellato galáctico, Juan Domingo Perón alegaba que “Una de las cosas más difíciles de la tarea de gobernar es encontrar a los hombres con capacidad para realizarla”.  Tenía que ser así en una Argentina que descollaba en el continente por el brillo de sus intelectuales y la solidez de sus profesionales, hombres y mujeres que no podían  bailar al son que les tocara el gran demiurgo del populismo mágico y soporte económico y político de la España falangista de Franco,  que terminó, dada la poca disposición de la intelligenza a colaborar con él, asociándose a tenebrosos personajes como Patricio Kelly o José López Rega.

Con siglos de antelación a la puesta en escena de los sainetes sudamericanos, en 1522, para ser exactos, Nicolás Maquiavelo escribió: “La primera conjetura que se hace sobre la inteligencia de un príncipe se basa en los hombres que le rodean: cuando son capaces y leales, siempre se le puede considerar prudente, porque ha sabido reconocer su capacidad y mantener su lealtad; si son de otra manera, siempre se le puede juzgar negativamente, porque el primer error ya lo ha cometido en esa elección” (El Príncipe, capítulo XXII: De los secretarios de los príncipes). Si nos apoyamos en las observaciones del florentino, no queda otra que calificar al régimen que nos gobierna y a su cabecilla, de deplorables, porque no otro adjetivo merecen los treinta y tantos  ministros y 112 viceministros -más ornamentales que funcionales – quienes, por exceso de espuelas y falta de ideas, no hacen visible el queso de la tostada.

Como su único es conservar el poder sin importar cuan desastrosa pueda ser su gestión,  el PSUV busca incondicionales para ocupar carteras claves, aunque los hombres y mujeres seleccionados para tal fin no calcen los puntos necesarios para diseñar y  aplicar las políticas adecuadas; de allí que las decisiones trascendentes se tomen en La Habana (cuando no en Pekín) y, en especial las que conciernen a la propaganda que, como en Cuba – y, claro está, en la desaparecida Unión Soviética y sus satélites - se basa en los supuestos enunciados por Plejanov  y desarrollados por Lenin, pero también en los cínicos preceptos de Joseph Goebbels. Esa propaganda, base de la agitación roja, se nutre de contenidos manipulados y falsificaciones de hechos pasados y presentes que, a fuerza de repetirse, muchos dan por ciertos  - el complot con guion fidelista urdido por María Corina Machado, Gustavo Tarre y Diego Arria para tumbar y asesinar a Maduro, verbigracia. -. Pero cuando se trata de publicitar la obra gubernamental – tan escasa como el aceite, el azúcar, el café, los huevos o el papel higiénico – los jerarcas bolivarianos, que saben de su insuficiencia de células grises, buscan creatividad fuera de su círculo, acaso en Brasil o entre los estrategas locales, más interesados en los planes de medios que en la efectividad del mensaje.

La multimillonaria inversión publicitaria para apuntalar el recuerdo del muerto (que tiene a su favor la posesión hegemónica de medios impresos, radiales y televisuales), no ha logrado, empero, detener el acelerado deterioro que experimenta la imagen de su sucesor; tampoco el despliegue de una campaña diciendo que “Maduro es pueblo”, como ha podido ser otra cosa (ya otro Maduro fue Aduana), ha conseguido revertir la tendencia a la baja  del socialismo del siglo XXI y de  quien heredó el puesto mas no el carisma, el  ingrediente faltante en los costosos y patéticos mensajes que han abusivamente saturado el espacio urbano y el espectro audiovisual. Pero es que – como creo haber leído sostuvo Akio Morita, fundador de Sony – “la publicidad por sí sola no va a sostener un producto que no es adecuado para la época” Y, aunque abundan anuncios que son de lejos muy superiores a lo que anuncian, no es este el caso, pues al menos habría la excusa de concordar con Maquiavelo en que “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.