• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Cantinflas y Trucutú

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“No lo puedo empezar a creer”, suele decir, pronunciando con fruición cada sílaba, una muy querida amiga cuando le cuentan chismes que desbordan su capacidad de asombro; mucho pensé en ese singular modo de manifestar incredulidad, mientras leía los mensajes que, a través de la red, hacían leña de un par de árboles todavía no caídos, pero que, de seguir dando tan indigestos frutos como hasta ahora han hecho, difícilmente puedan mantenerse en pie. Aunque mucha agua ha pasado por debajo de los puentes desde que Nelson Bocaranda transcribiera ad pedem litterae las declaraciones de una dupla ministerial que atropella el castellano, y Alberto Barrera precisase, con certeros venablos, que, en general, las palabras de la vocería gubernamental, además de sonar mal, “no logran decir nada coherente y son un síntoma de vacío”, insistiremos en el tema a ver si logramos dar otra vuelta a la tuerca.

La vacuidad no es exclusiva del trabalenguas del ministro de Interiores, Justicia y Paz, mayor general Gustavo González López (“Yo trabajo mucho con colaboración social y no con la, con la, decirte, con lo cualitativo y cuantitativo del modelo de expresión matemática aritmético…”), ni de las perogrulladas del Minpopo de Trabajo, Luis Martínez (“Entre trabajadores que limpian la ciudad y mantienen el ambiente sano, que es lo que garantiza la salud, y los trabajadores que están atendiendo las enfermedades para recuperar la salud, la diferencia salarial es grande”), sino que es inherente a toda la jerigonza oficial y su arsenal de petulantes frases cohete. Harían mejor papel si se expresasen por señas; tal vez así entenderían a los neocolonialistas chinos, iraníes, iraníes, rusos y cubanos para que, al momento de negociar con ellos, no nos empotren sus chuzos hasta el no va más.

“Hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada” es, según los diccionarios de la Real Academia Española y de María Moliner, el significado del verbo cantinflear, de manera tal que de acantinfladas y cantinflescas podrían ser calificadas las chácharas y monsergas de quienes, como la pareja aludida, parlotean en abundancia para ocultar que nada saben sobre lo que el cargo que ostentan les obliga a opinar; sin embargo, sería una injusticia con el cómico mexicano paragonar sus chistes y sátiras con los dislates y desbarros rojizos; estos derivan de la escasez de argumentos, como sostiene Barrera; aquellos, en cambio, ensayan (y lo logran) caricaturizar y desacreditar la retórica de las clases dominantes. Si viviese, Cantinflas nos haría desternillar de la risa, parodiando a Maduro en su autoproclamado y asimétrico batallar con el imperio y, probablemente, repetiría un fragmento de su memorable discurso en la película Su Excelencia (Miguel Delgado, 1966): “Estamos en guerra porque ya estamos. ¿Por qué razones?, ustedes me dirán. Y yo les contestaré: razones fundamentales que todo conglomerado debe entender y son tres: la primera, la segunda y la tercera. ¿Qué cosas verdad? Pues así es”.

Las dispepsia comunicacional y las deposiciones orales del régimen no llegan siquiera a pálido remedo del ingenio cantinflero; qué pensar, entonces, de las imágenes publicitarias de quienes lo encarnan, particularmente las del (de)mandante supremo que, garrote en mano para promocionar su panfleto televisual, posa de Rey de Bastos –“da lo mismo que sea cura, colchonero, caradura o polizón”–; mas, la verdad, no pasa de ser un troglodita, a la manera, no del prehistórico y hechizado Triquitrán personificado por Tin Tan en El bello durmiente (Gilberto Martínez Solares, 1953) ni a la del Pedro Picapiedra de Hanna Barbera –¡Yabba Dabba Doo!–, sino más bien al estilo de Alley Oop, el cavernícola creado, en 1932 por Vincet Hamlin para la Newspaper Enterprise Association que, con el nombre de Trucutú y con su mazo dando, aparecía en los suplementos dominicales de algún periódico local.

Sí, la del primitivo poblador de Guzilandia se nos antoja la representación gráfica más ajustada de ese soberano de baraja española que quisiera emular a la Reina de Corazones para decapitar a los opositores y sentirse Robespierre; claro que a nuestro reyezuelo no le cuadra el mote de incorruptible con que apodaban al jacobino que implantó el reino del terror en Francia y terminó ejecutado en la misma guillotina –¿tête à la thermidor?– de la que se había valido para eliminar a no se sabe con exactitud cuántos enemigos de la revolución. Y, si es verdad, como afirmó Marx, creo, que la historia se repite primero como tragedia y después como comedia, a nosotros, los venezolanos, nos está tocando vivir, aunque usted “no-lo-pue-da-ter-mi-nar-de-cre-er”, la última representación de una comiquita que ridiculiza lo sublime de Cantinflas y sublima lo ridículo de Trucutú.

 

rfuentesx@gmail.com