• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

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Bibliocidios

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Cuando los publicistas encomendaron el patronazgo de sus quehaceres a San Bernardino de Siena, quizá lo hicieron en atención a su reputación de predicante, sin importarles el contenido de sus mensajes –en tiempos modernos, sus homófobos sermones merecerían el reproche de quienes defienden la corrección política– ni, tampoco que, como parte de sus performances, se encendieran piras ceremoniales para destruir toda suerte de cosas tenidas como la fuente de pecaminosas presunciones –espejos, pelucas, coloretes, vestidos, pinturas y libros, naturalmente–, bienes que el fariseísmo rojo clasificaría, según su dicotómica visión del mundo, como objetos del deseo consumista, elevados a la categoría de imprescindibles por la “maquinaria mercadotécnica capitalista”, la misma que mueve los engranajes de la industria comunicacional.

El fogoso ejemplo del franciscano sienés fue inspirador de la celebérrima “hoguera de las vanidades”, atizada el martes de carnaval del año del señor 1497, por el no menos célebre Girolamo Savonarola –carismático y exaltado monje dominico cuyo radicalismo lo condujo al patíbulo, acusado de herejía–, donde ardieron cuadros, libros y manuscritos juzgados licenciosos, entre ellos textos de Boccacio y lienzos de Botticelli.

No fue la Iglesia católica, sin embargo, pionera de la censura incendiaria. Hay remotos antecedentes documentados de una bibliocastía perpetrada en la China (212 a. C.) por su primer emperador, Qin Shi Huang; en occidente también se sabe de un precedente imperial: Diocleciano, a finales del tercer siglo de nuestra era, ordenó, acaso para conjurar hechizos, aojos y mágicas trasmutaciones, sacrificar en ígneos altares los tratados de alquimia. Con la destrucción de códices Mayas (Yucatán, 1562), el misionero Pedro de Landa se convirtió en ilustre precursor de la bibliopiromanía del Nuevo Mundo.

Ha habido otros infames bibliocaustos. Mencionaremos solo dos: el de la Alemania nazi en 1933, consumado como parte del combate contra “el espíritu antigermano”, y el de la dictadura pinochetista (1973) que puso en evidencia la simiesca ignorancia de milicos que, se rumoreaba, achicharraban libros sobre el cubismo infiriendo que versaban sobre la revolución cubana.

Se queman libros porque se les teme. Quienes leyeron la distópica novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451 –alusión a la temperatura necesaria para inflamar el papel–, o vieron la versión fílmica de François Truffaut (1966), recordarán a aquellos bomberos armados con lanzallamas para fulminar toda palabra impresa, y a los hombres y mujeres que en sus memorias guardaban obras maestras para que no pereciera la literatura. Se queman libros, igualmente, porque se les ama. Sería el caso de un personaje imaginado por Manuel Vázquez Montalbán, el detective gallego Pepe Carvalho, ex comunista y ex agente de la CIA, que los usa como combustible para su chimenea.

La cantidad de libros editados en el planeta pareciera ser excesiva, “sobran libros y faltan lectores” precisó Fernando Savater en reciente entrevista que le hiciese Andrés Oppenheimer, y tiende dar razón a los conservacionistas que no ven con buenos ojos a la industria papelera, máxime si mediante el hacking y la piratería cualquiera puede hacerse con una librería virtual mejor surtida y más actualizada que cualquiera de nuestras bibliotecas públicas.

Tal vez ha llegado la hora de destinar a otros usos esos polvorientos volúmenes que duermen el sueño eterno en nuestras estanterías y trasladarlos al baño, no sólo para leer mientras se defeca –que es hábito malsano– sino para, a falta de papel higiénico, asearse el que te conté. Sería, para ello, recomendable seleccionar, con juicio crítico, obras capitales o significativas, a fin de conferir esplendor a lo que, de otra forma, sería una ordinaria mezcla de bibliofobia y copromanía.

Un autor hispano de los que se cagan en sus muertos y la hostia sostenía que “la historia cuenta cosas que no conoce nadie con palabras que sabe todo el mundo, en tanto que la filosofía cuenta cosas que sabe todo el mundo con palabras que no conoce nadie”. De modo que podríamos iniciar la profilaxis anal no con un filósofo, sino con El filósofo: Aristóteles. No es poca cosa limpiarse el trasero con su Metafísica.

Tampoco lo es hacerlo con la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, tal lo hizo Hugo y lo hacen su malcriada sombra y las focas que aplauden sus deyecciones. Sucede, empero, que éstas son tan colosales que, para limpiarlas, deben apañarse con sentencias del TSJ –como las que se disponen sus magistrados a evacuar sobre la Asamblea Nacional y el referéndum– y las publicaciones ordenadas por Maduro a tinterillos que forjan –de pane lucrando– el “legado” del perpetuo y escatológico Midas inverso, dogmático arroz con ñoña, destinado irremisiblemente a la letrina de la historia, que un general gorila pretende sea doctrina de la guardia nacional: otra cagada más en un país sin agua.