• Caracas (Venezuela)

Raúl Fuentes

Al instante

Alucinaciones acústicas

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Últimamente sucede que, cuando nos disponemos a escribir sobre lo que acontece en el país, maliciamos que tal cosa debe aburrir en grado sumo a un lector que, harto de tropelías y saturado de abusos, procura distanciarse del cotidiano sufrir y, aunque todos los caminos conduzcan a donde ya se sabe, buscamos –como esos vendedores de ilusiones que son los publicistas– transitar por los senderos menos hollados y envolver contenidos de rutina en empaques más o menos novedosos y creativos; así, con esta predisposición a cuestas, trazamos el itinerario de hoy a partir de una conversación sostenida con un amigo psicoanalista, poeta y músico para quien una botella de whisky es un soneto, cuyos versos son los 14 tragos que contiene, ¿y el ratón?: un estrambote que requiere 3 cervezas para conjurarlo y evitar que sonidos no convocados revoloteen en tu azotea como la ornitológica fantasmogénesis de Nicolás. Y es que, muchas veces, como si fuese el hielo que campaneamos morosamente en el trago del estribo –tintinea en nuestro magín un latiguillo que nos impide concentrarnos y, al arribar a una encrucijada temática, nos exige bailar a su son.

Por lo general es un suena que suena de voces, orquestas y charangas que se instala en tu cabeza con música que quisiéramos en otra parte. Desde –y aquí la cédula rueda por el piso– “Cabeza de hacha” –“He vivido soportando martirio/ pero jamás debo de mostrarme cobarde”– hasta las celebérrimas cuatro notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven –ta-ta-ta-taa–, pasando por “Escaleras al cielo” –Ooh, ooh, and she’s buying a stairway to heaven–, las cantinelas de la mente nos impidieron sacar partido al hecho de que la semana pasada se inició noviembre con apoteosis de santos y muertos, oportunidad calva pintada para espantar fantasmas y arpías o bromear con algún verso de Don Juan Tenorio, pieza que es tradición representar en días de mártires y tumbas y es una de las más parodiadas de la lengua española (en 1874 circuló una licenciosa versión de la obra de Zorrilla, “Don Juan Notorio. Burdel en 5 actos y 2.000 escándalos”, firmada por un tal Ambrosio el de la Carabina, que aún sigue escenificándose) al punto de que en Venezuela, por ejemplo, ningún humorista que se respete ha dejado de recrear, en clave de jodienda, algunos de sus versos y para muestra este botón: ¿No es verdad ángel de amor/ que en esta apartada orilla/ te comiste mi morcilla/ sin vergüenza ni rubor? Semejante ordinariez, con sus posibles variantes (las rimas están de anteojito), devino en alucinación auditiva que se alojó en mi sesera, entre ceja y ceja o entre sien y sien, bamboleándose durante varias jornadas hasta que el histérico desplante de Maduro –que precedió a su esquizoide giro a las posturas de manso codero que seducen a Falcón pero no engatusan a Chúo–, exorcizó esos demonios acústicos, para suplantarlos con un estribillo de obstinada resonancia.

Pude haber dedicado estas líneas a problemas concernientes a la planificación de nuestras ciudades –se celebra este domingo el Día Mundial del Urbanismo–, pero el retintín en cuestión nos obligó a cambiar de rumbo y sumar, acaso tardía y desafinadamente, nuestra voz al coro de indignación que se alzó contra la bravuconería del vicario del imperecedero astro comandante, negando un supuesto que es casi certeza, al profetizar un apocalíptico desmadre si la oposición llega a imponerse, como señalan las tendencias y sus propias encuestas, en las elecciones del 6 de diciembre; su desesperada prédica, que anticipa un descalabro de órdago y prepara a sus colectivos armados para que desconozcan, porque a él y sus compinches les sale de las entretelas, la voluntad del soberano, se concreta en ese “como sea” que quita el sueño a quienes aspiran a poner término por la constitucional y pacífica vía del sufragio a este carnaval de ineptitudes; un como sea que precipitó una nueva caída de cédula cuando, en algún vericueto de la mente, parpadeó, tal aviso fluorescente, la palabra comonié y, desde entonces, ese binomio de vocablos me machaca con tan porfiada persistencia que marca el ritmo de mi caminar –un, dos, tres, como sea; un dos, tres, comonié– y me hace visualizar al reyecito trajeado de charro rojo cantando “¡Ay, Jalisco no te rajes!”... que Jalisco nunca pierde y si pierde arrebata.

La gran pregunta es cómo conjurar esos obscuros presagios. Participar en el acto comicial parece ser la repuesta; pero, masivamente, permaneciendo activos para impedir pataleos de ahogado. Que no habrá observación sino alcahuetería internacional ya lo sabemos. Pero el mundo es demasiado pequeño como para ocultar un escamoteo tamaño baño. Mientras tanto, contraviniendo la ley seca, alejemos, con un estrambote cervecero, estribillos agoreros.