• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

Al instante

Dos trampas

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Que si Maduro esto, que si Cabello aquello, que si Shannon se reunió, que si las encuestas suben o bajan, que si la MUD dijo, que si Leopoldo afirmó, que si Ceballos, que si Capriles, que si Tareck calló, que si los militares están con fulano, que si las parlamentarias van o no, que si el Papa, que si la otitis, que si el artículo o el tuit tal, que si las reservas están en el suelo, que si la inflación será infinita, que si el dólar paralelo, que si las colas, que si el bachaqueo, que si crece y crece el número de empresas que cierran sus puertas, que si el control, que si la anomia, que si la explosión social, que si la delincuencia consigue las granadas en tal parte, que si los linchamientos se incrementan, que si los profesionales están emigrando, que si el atún va para trescientos, que si los cupos universitarios, que si no hay dólares, que si, que si, que si...

Por donde se mire y cómo se mire la situación del país es sumamente compleja. Compleja porque los factores que actúan en ella son cada vez mas numerosos y diversos. Esa complejidad hace difícil establecer dónde estamos parados  y especialmente hacia dónde nos dirigimos. La complejidad se expresa con particular fuerza en la volatilidad de la circunstancia que vivimos: cuando creemos que comenzamos a comprenderla y estamos aprendiendo a adaptarnos, repentinamente emergen nuevas situaciones que redefinen la realidad y hacen trizas la imagen que de ella tenemos.

Cuando la realidad se torna inasible por incomprensible, tendemos a reaccionar simplificándola, y lo hacemos procesando una cantidad cada vez más limitada de factores, incluso seleccionando aquellos elementos que nos parecen más manejables, huyéndole a la complejidad. Así, preferimos las explicaciones sencillas del tipo “X es bueno, Z es malo”, A es sensato, B es radical. Es decir, tratamos de reducir el enredo de la realidad no sólo para entenderla sino especialmente para hacerla vivible y no  ahogarnos en la angustia.

Sobran las razones para entender la lucha del ciudadano común tratando de sobrevivir psíquicamente, de esa mayoría especialmente convencida de que para mejorar sus condiciones de vida debe desplazarse del poder a quienes controlan el Estado. Preocupa, sin embargo, que quienes, en legítima práctica de la política, tratan de articular las acciones opositoras para que se produzca ese cambio, sean también presa de esa tendencia colectiva hacia la simplificación de la realidad al caer en una doble trampa: por una parte, inventar una certidumbre que no existe; por otra, evitar, tal vez de manera inconsciente, pensar en el peor escenario posible de aquí a finales de año.

El temor a que la dirigencia opositora pueda ser victima de una simplificación fatal  de la realidad se basa en la insistencia hasta la saciedad en un mensaje elemental: “estamos mal, pero se aproximan las elecciones parlamentarias y, si unidos votamos, triunfaremos de manera contundente; este triunfo nos permitirá controlar la Asamblea para realizar los profundos cambios indispensables para enderezar el rumbo del país”. En este planteamiento queda fuera de toda consideración pública la naturaleza no democrática del régimen que ya pronostica “masacre y muertos” si fracasa la revolución. Y queda también fuera de análisis que en el Estado venezolano ocurre una sórdida lucha por el poder entre al menos dos poderosos grupos, dispuestos a todo para eliminar al otro. De esta manera se desdibuja el hecho de que ganar las elecciones será muy insuficiente y requiere mucho más que revisar encuestas para trazar estrategias electorales.

No se argumente, por favor, que la dirigencia opositora tiene un análisis de cara al público y otro hacia dentro. De algún modo a la gente hay que prepararla con honesta claridad para los tiempos difíciles, sin pintarle hermosos panoramas, so pena de que sienta engañada cuando llegue el momento de la verdad. Que llegará.