• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

Al instante

Menos de cuatro antes

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Las últimas dos semanas han sido particularmente intensas porque intenso ha sido lo ocurrido recientemente en lo económico, lo social y lo político. La marcha de la economía ha continuado su paso triunfante hacia un  colosal desequilibrio que profundiza la preocupación de los expertos y el sufrimiento del ciudadano de a pie quien, varías veces al día, constata que la inflación y el desabastecimiento desbaratan ingresos y ahorros, haciendo inútil todo esfuerzo de racionalización de los modestos gastos y tornando el largo plazo en un reducido horizonte de pocos días. En lo social, nos llegaron noticias de manifestaciones saqueos y violentas protestas en lugares tan distantes como San Félix, en el estado Bolívar y en Sinamaica, Zulia. Todos nos hemos percatado que quienes tiene el poder se esfuerzan, como nunca, para impedir a como dé lugar cualquier expresión de protesta que pueda propagar el virus del asalto colectivo a mercados o supermercados.

El desastre económico, que afecta ya lo más recóndito de la cotidianidad de los venezolanos, ha sido el telón de fondo de las decisiones que los actores políticos del gobierno y de la oposición tuvieron que tomar preparándose para las elecciones del 6 de diciembre. Del lado de la oposición sonaron y resonaron las discrepancias por la selección de algunos candidatos en circunscripciones donde no se realizaron primarias. Del lado del oficialismo hubo un despliegue de la tramposa capacidad del régimen para eliminar candidaturas y para, incluso, intervenir, con la mayor desfachatez, en partidos opositores para imponer autoridades.

Hoy el país está sumido en preocupaciones, angustia, mentiras, y miseria, amenazado por una violencia que asoma a cada rato sus fauces en los asesinatos de todos los días en las calles, y ahora también en colas para comprar comida.

A menos de cuatro meses de las elecciones de diciembre, nada indica que el país se sosegará. Las condiciones cada vez más precarias que todos sufrimos y la violencia con que el régimen trata de gobernar, por el escepticismo generado, restan credibilidad a cualquier esfuerzo para crear esperanza, que realizan tanto quienes detentan el poder como quienes tratan de liderar a la oposición.

Todo indica que en los próximos meses habrá más escasez, aunque el régimen saque del sombrero unas cuantas gandolas repletas de alimentos para impresionar a los votantes, que el bolívar seguirá hundiéndose, que morirán más personas por carencias médicas, como todo indica que la delincuencia, cada vez mejor organizada y apertrechada, seguirá haciendo de las suyas llenando las neveras de las morgues. Pero también todo indica que presenciaremos trampas electorales insospechadas de cualquier naturaleza.

Vamos hacia un país más y más precario en lo económico, más inseguro y más ilegal a todo nivel.

¿En esta circunstancia, qué puede hacer quienes se presentan como opción de gobierno? Si reconocen la gravedad de lo que vivimos y la alta probabilidad de que empeore no le queda otra que refugiarse en la verdad. Se trata, en lo inmediato, de llamar las cosas por su nombre. ¿Se va a seguir evadiendo el llamar al régimen “dictadura”? Eso de hablar de “alto déficit de democracia” ofende porque suena a burla. ¿Se continuará soslayando el hecho de que hay una porción importante de votantes que no se entusiasma con la oposición? ¿Se seguirá hablando de “voto y calle” pero sin precisar en la práctica qué es “calle”? ¿Se seguirá prometiendo el paraíso si se ganan las parlamentarias? ¿Se seguirá soslayando señalar que las elecciones de diciembre se realizarán en condiciones extremadamente negativas en las cuales puede torcerse el proceso electoral y, por ende, sus resultados?

Para muchos, el día de la verdad será el 6-D, pero ¿no estamos viviendo ya el día de la verdad?