• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

La esperanza como reto

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Entre tantos problemas que sufrimos o nos acechan ninguno tan desalentador como la emigración de venezolanos al exterior porque ningún otro nos roba tanto el futuro. El “nos” se refiere a un nosotros realmente vasto: todo el país. A ricos y pobres, a los estratos medios, simpaticen o antipaticen con el régimen.

Llámese emigración o fuga, que gente preparada decida abrirse futuro en otras sociedades porque aquí, cada vez más con creciente velocidad, se le cierran posibilidades de realización personal, sea como sea que se entienda esa realización, golpea seriamente el espíritu, porque es la gente lo que hace un país, no la riqueza en su subsuelo, ni una idea política que entusiasme a las masas. Sin gente preparada una sociedad es poca cosa. Sin gente con talento no será posible superar males destructores tan diferentes como la pobreza y la desigualdad social, el pésimo desempeño de la economía, las enfermedades de la población, el deterioro ambiental, el deficiente sistema educativo, los pobres servicios públicos, la inseguridad personal, la defensa de la integridad territorial y el subdesarrollo del sistema político.

Después de la muerte de Gómez, Venezuela comenzó a realizar un esfuerzo significativo parar formar a su gente. Que el esfuerzo fue irregular, y estuvo lleno de contradicciones nadie sensato lo niega, pero el esfuerzo se hizo y dio frutos. Las cifras de formación de gente dentro y fuera del país así lo demuestran. Lo demuestran en el crecimiento del número de personas formadas y del número de escuelas, liceos y universidades. Qué quedaba mucho por hacer, no hay duda, en especial a lo que se refiere a la calidad de la educación recibida por personas de menos ingresos. Tan grande fue el esfuerzo y significativos los resultados, que se han necesitado más de diez años para que comenzáramos a ver los efectos de la mala administración. Y el daño causado está a la vista ahora más que nunca con la gente que opta por irse al exterior para aprovechar algo de lo que lograron con su formación.

Cuando se conversa con quienes optaron por irse, se hace evidente la dura explicación de que la migración hacia Colombia, Ecuador. Canadá, Estados Unidos, Panamá no es tanto por la gravedad de los problemas que vivimos, ni siquiera por el aumento sostenido de la probabilidad de morir asesinado, sino más bien por la convicción de que la situación del país no mejorará, por la pérdida de esperanza.

La pérdida de esperanza en que un cambio hacia algo mejor puede producirse en un plazo razonable constituye el mayor enemigo que enfrentan tanto el régimen como la oposición. Difícilmente el régimen podrá actuar para construir la esperanza necesaria para que la gente no emigre; demasiadas mentiras y promesas incumplidas minaron su credibilidad incluso en quienes una vez apoyaron su proyecto. El régimen lo sabe, por eso trata de imponer la esperanza como sea, con lo cual termina destruyéndola. La oposición puede hacerlo si logra esbozar con claridad su propuesta alternativa y mostrar con hechos, no con argumentos, la voluntad indeclinable de luchar para hacerla realidad. Si lo logra, contribuiría a detener la velocidad de la fuga. Ello requiere que los actores políticos opositores se percaten plenamente de lo que implica el reto de convertirse en esperanza creíble para gran parte del país, del que quiere irse, del que no quiere o del que no puede hacerlo.