• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

Al instante

Tres constataciones

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En la hojarasca de acontecimientos de toda naturaleza y de apreciaciones y opiniones sobre lo que está ocurriendo, tres constataciones emergen con claridad, en relación con el régimen en el poder: que sufre un inmenso rechazo; que, a pesar de todo lo grave que está ocurriendo, actúa con grosera prepotencia sin corregir el rumbo y agravando las cosas, y, finalmente, que muestra, sin disimulo, la disposición a hacer lo que sea necesario para mantenerse en el poder.

El rechazo al régimen se hace particularmente evidente en el deseo de cambio expresado por gran parte de la población. La gente siente que el país está mal y empeora, por lo que el cambio se hace indispensable. Ya en los mismos chavistas se manifiesta esa percepción de las cosas. Es la escasez con sus insoportables colas, es la invivible inflación que destroza cualquier presupuesto, es el desastre de los servicios públicos, es la corrupción y la arbitrariedad, es la carencia de medicinas e insumos médicos, es el creciente número de muertes por asesinato.

La gente exige cambio. Y cambio espera.

Precisamente por esa exigencia llama la atención que el régimen actúe como si no se diera por aludido. No muestra la más mínima intención de cambiar. Insiste en sus políticas, como si estuviera convencido de sus bondades. Repite hasta la saciedad las mismas explicaciones de siempre: la guerra económica, la derecha, el capitalismo. Lo peor: parece creer en ellas. No miente ni manipula, está convencido de lo que dice, por eso la rectificación es improbable.

El régimen cree que tiene la verdad. La martilla en todos nosotros.

No importa que el desastre sea cada día más intenso y extenso, no importa quién sufra, no importa quién proteste, ni quién aconseje, ni quién suplique. El régimen siente que debe hacer lo que sea posible para mantenerse en el poder, sin consideraciones morales, políticas o legales. Lo que sea es lo que sea. Incluye, por ahora, el diseño del tarjetón para crear confusión con el voto opositor, irrespetando la voluntad de los ciudadanos (con la aprobación, o tal vez por iniciativa del  supuesto árbitro electoral), la inhabilitación de candidatos y la declaración de estado de excepción en unos cuantos municipios. Y estemos claros, lo que sea puede incluir la suspensión de las elecciones parlamentarias que se nos presentaría como “postergación”. Cualquier excusa servirá para hacer cualquier cosa.

Él tratará de revertir el rechazo popular y la exigencia de cambio, señalados en la primera constatación, pero le será muy difícil lograrlo. Que rectifique en sus políticas económicas o en las dirigidas a combatir la delincuencia no luce factible, una mezcla fatal de ignorancia, terquedad y fanatismo lo impide. Lo más probable es el empeoramiento de la situación actual. Que el régimen asuma una conducta democrática y acepte actuar de acuerdo con la ley parece aún más distante. Cuando todo se tramó para controlar todos los poderes públicos fue porque se requería asegurar la ejecución de la voluntad de quienes mandan santificándola con la bendición del Poder Judicial. Cuentan con esa bendición, jamás la desaprovecharían.

Puestas así las cosas, vamos a paso firme hacia situaciones intensamente conflictivas. Ya hoy vivimos una circunstancia de alta conflictividad pero dispersa, muchas veces no reseñada por lo que queda de prensa, pero sí en las redes sociales.

Vamos hacia tiempos difíciles porque la gente, ya casi toda, exige cambios cuanto antes, las razones por las cuales exigen ese cambio empeoran, y los culpables del malestar que vivimos se niegan a cambiar, empeñándose en mantenerse en el poder.

Las tres constataciones apuntan hacia la profundización del desastre. ¿Estaremos los venezolanos que exigimos un cambio dispuestos a asumir la responsabilidad de cambiar el rumbo del país?