• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

Al instante

Vacío de confianza

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La escasez de alimentos, de medicinas, de seguridad personal, de seguridad jurídica, de pasajes aéreos, de educación de calidad, de salubridad, de papel de periódico, de libertad de expresión, todas estas carencias tan diferentes tienen rasgos en común, y uno de ellos es particularmente significativo desde la perspectiva política: una ausencia radical de confianza.

Esa ausencia de confianza tiene como eje la falta de credibilidad de quienes tienen en sus manos el desempeño de alguna función pública indispensable para la sociedad, para el normal desempeño de la vida social e, incluso, para la satisfacción de necesidades básicas. Eso va desde la defensa de la integridad física de los ciudadanos, para no morir asesinados, hasta la posibilidad de conseguir en farmacias la medicina necesaria para atender una enfermedad o poder comprar, sin mayores penurias, el alimento que acostumbramos comer. La gente no cree en explicaciones de por qué sufrimos tales carencias y mucho menos en promesas de que estas serán subsanadas en plazo razonable. Los extremos de las explicaciones y las promesas han sido aniquilados por la desconfianza en ámbitos muy diferentes. De allí el “compra todo lo que puedas” o, mucho peor, el “cuidado con la policía porque te puede asaltar o matraquear”.

La desconfianza generalizada hace imposible la estabilidad fundamental indispensable para que una sociedad exista sin que la conflictividad inhiba el indispensable consenso. En otras palabras, sin que exista un orden básico en el cual los conflictos normales en cualquier sociedad puedan ser resueltos. La confianza implica que la sociedad sea predecible. El venezolano de hoy no puede anticipar que encontrará la medicina que le fue prescrita ni cuánto le costará, aproximadamente, si la consigue. Y eso se refiere a cosas tan elementales como acetaminofén.

Más allá de lo cotidiano, pero apoyada en la realidad de todos los días, la desconfianza en explicaciones y promesas ha destruido instituciones clave como la Asamblea Nacional, los tribunales y el Banco Central, entre otras tantas. El abuso político y las mentiras se encargaron de hacerlo. El fruto más perverso de la desconfianza ha sido la desesperanza, que sea cuesta arriba creer que esta circunstancia es superable, así se ha alimentado el sentimiento de eficacia política, la convicción del ciudadano de que la acción política de todos puede cambiar el actual estado de cosas hacia algo mejor. A esa conclusión debe haber llegado buena parte de quienes optaron por emigrar.

La desconfianza y desesperanza como rasgos sociales generalizados no solo carcomen al régimen. Su onda destructiva se expande. Amenaza la credibilidad de organizaciones privadas, entre otras razones por la manipulación política del régimen necesitado de un chivo expiatorio que lo libre de culpas. Lo estamos viendo con la campaña de la guerra económica y el ataque a los gremios médicos por sus recientes denuncias.

La misma oposición organizada está sufriendo los embates de la desconfianza y la desesperanza teniendo como vórtice la falta de credibilidad en explicaciones y promesas.

Tal estado de cosas, de naturaleza obviamente psicosocial, tiene asideros en la realidad, en una dura realidad cuyo deterioro cada vez más extremo no sabemos cuánto durará ni cómo terminará. Sobre las causas precisas de este estado de cosas podemos diferir y discutirlas con la profundidad y tiempo que queramos, pero seamos conscientes de que cuando se crean vacíos de confianza, esperanza y orden, las sociedades tienden a generar maneras de llenarlos sin consultar a los analistas ni a los actores políticos que han descuidado su liderazgo olvidando que de este se espera que contribuya a proteger la sociedad, a crear un sentido de dirección y orden. A establecer confianza.

rapinango@gmail.com