• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

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Vivimos y sufrimos un país dividido en dos bandos que usualmente los definimos en términos políticos, pero cuyas fronteras en realidad parecen abarcar también la manera de percibir nuestra realidad, de entenderla y explicarla, de soñarla y de tratar de transformarla. Sin duda, una de esas partes trata de mantenerse en el poder, y la otra de tomarlo porque considera que le están imponiendo una manera de concebir lo que esta sociedad debe ser. El enfrentamiento entre esos sectores tiene como eje la lucha por el poder en términos tan complejos y dramáticos que el desenlace de este capítulo de nuestra historia no es fácil de anticipar, porque en buena parte depende de cómo cada una de las partes, quienes detentan el poder y la oposición, trata de orientarse en su laberinto particular quelas confunde. ¿De qué se trata?

El régimen que manda está perdido en un laberinto trazado por dos realidades evidentes: la desaparición significativa del apoyo popular que en otros tiempos tuvo, y el costo de salir del poder que aumenta día tras día. La oposición lucha por orientarse en un compleja red de caminos tramposos buscando una salida democrática a una situación de destrucción general en un régimen que se aferra al poder a como dé lugar.

Ya los mismos encuestadores que tan leales han sido al régimen han dicho, con suma claridad, que el apoyo al régimen ha descendido estrepitosamente, a tal punto que siete de cada diez venezolanos opinan que el país va por mal camino. Ello es más que evidente para quienes hacen mercado, tratan de comprar alguna medicina o han sufrido en carne propia o de personas cercanas la arremetida del hampa. Quienes detentan el poder parecen tener plena conciencia de que la magnitud del desastre es tal que, de salir del gobierno, inevitablemente pagarían un costo extremadamente elevado, no precisamente simbólico, no sólo por los calamitosos resultados de la gestión sino también por cómo han manejado el poder violando derechos fundamentales.

Por su parte, la oposición se debate entre los extremos de quienes presionan por una pronta solución -por ejemplo, mediante renuncia del presidente- y quienes insisten en una pulcra salida democrática que gire alrededor de las elecciones parlamentarias, las cuales probablemente se realizarán después de agosto. Esta última es la propuesta oficial de la Mesa de la Unidad Democrática. Cualquier variante que plantee la oposición tropieza con el nada despreciable obstáculo de que el régimen cada vez menos da señales de apego a prácticas democráticas. Es así a tal punto que, de diversas maneras. Ha dicho que no perderá el poder. Ante este hecho no ha habido otra respuesta opositora que afirmar la imperiosa necesidad de  ganar con un margen contundente, afirmación que no hace sino subrayar el carácter no democrático del régimen. Al final, todo descansa en una apuesta a la participación masiva y la buena suerte.

Planteadas las cosas en tales términos, ¿qué puede pasar? Una posibilidad es que el régimen se imponga como sea y que la oposición no tenga otra alternativa que el enfrentamiento directo. Otra es que tanto el régimen como la oposición reconozcan las limitaciones de sus respectivas posiciones y desarrollen algún tipo de negociación, en la cual cada lado tenga que ceder en algo para evitar la destrucción final de un bando o de ambos. Qué puede cederse depende de la habilidad política y los principios de los negociadores. Esta posibilidad hoy no se avizora ni luce fácil.

De no encontrarse esa tercera salida ambos laberintos conducen al desastre o a que emerja un tercer actor para imponer “su orden” a la fuerza, lo cual llevaría al país a otro laberinto, como tantas veces ha ocurrido en nuestra historia.