• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

Hablar claro

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Es más que evidente que la situación del país se deteriora a velocidad crecientemente acelerada. No se trata nada más de lo económico y sus consecuencias directas como la pobreza. La inseguridad personal eleva día tras día la probabilidad no solo de ser asaltado en un robo de celular, sino de ser asesinado. Pronto caeremos en cuenta de lo obvio: que eso es mucho más grave que tener que hacer largas colas para conseguir comida. Y las encuestas lo reflejarán. Todo empeorará hasta profundidades hoy insospechadas.

Es posible detener el empeoramiento de la vida nacional si se toman medidas hoy… hoy y no mañana. Lo saben quienes tienen el poder, lo saben quienes se oponen al régimen. Lo curioso es que nadie habla de ese futuro que se refiere a un plazo de algunas semanas o cortos meses. Las razones para que ambos lados del espectro político prefieran concentrarse en observar con gríngolas sin perspectivas el presente y su drama son diferentes, aunque tal vez sus consecuencias no lo sean.

Por una parte, es evidente que al régimen no le interesa hablar de los tiempos amargos que nos esperan, por razones derivadas de su inacción o su acción. El disparate de insistir en una política económica fracasada está a la vista, aunque todavía es fácil culpar al imperio o a los empresarios de los males que sufrimos todos. Por ese camino los padecimientos de toda la sociedad serán enormes, si bien, como siempre, quienes menos tienen sufrirán más. Al mismo tiempo, si el régimen se atreviera a rectificar para llevar a cabo los ajustes que la experiencia mundial aconseja, por un tiempo nada despreciable las consecuencias también serán muy duras para todos. Por lo que vemos, si se diese la rectificación aconsejada de mil maneras por los expertos, tampoco el régimen se atrevería a advertir lo que el ajuste económico implicaría en el corto y mediano plazo. Simplemente, carece de la voluntad, del sentido de responsabilidad y del coraje para hacerlo.

A su vez, el liderazgo opositor ha optado por denunciar lo grave de lo que está ocurriendo y no mucho más. Parte de ese liderazgo anuncia que una votación masiva a favor de la oposición sería el comienzo de un cambio radical hacia un país mucho mejor. El mensaje significa que vale la pena esperar de aquí hasta, digamos, diciembre. Lo que implica, quiérase o no, que las cosas van a seguir más o menos iguales que hoy, continuando el deterioro pero que nada particularmente alarmante va a ocurrir.

Referirse a lo que haga el régimen no tiene mayor sentido porque, hasta ahora, no ha dado señales de rectificación ni en las acciones ni en el discurso, a no ser mostrar mayor agresividad contra personas y organizaciones. Preocupa el liderazgo opositor que no le dice al país hacia dónde vamos en el corto plazo. Por ejemplo, para nada se hace mención del número de asesinatos y secuestrados que tendremos en los meses venideros, ni de los muertos por carencia de medicinas o insumos médicos. No es asunto de referirse a los graves errores de política económica, que se reflejarán en índices o indicadores más o menos abstractos. Se trata de anticiparle a la gente el sufrimiento que le espera y lo que costará la recuperación del país, razones por las cuales se impone un cambio político.

Al país hay que hablarle con la claridad que exige la honestidad y la responsabilidad política. Es esa honestidad y esta responsabilidad lo que hará creíble el mensaje del liderazgo opositor. Ante la gravedad de la situación que vivimos no hablar claro es mentir. No puede aceptarse como “hablar” tuitear diciendo que algo es “inaceptable”, o afirmar que es “condenable”, que se “rechaza” o se hace “responsable a”. Del liderazgo se espera sentido de dirección y fuerza que genere esperanza ante lo que nos viene que ya comenzó a llegar.