• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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En medio del desastre nacional, la angustia de la gente se agita. Es una angustia potenciada por una incertidumbre que se refleja en la convicción ampliamente compartida de que cualquier cosa puede pasar.

A la incertidumbre se suma una dura cotidianidad de asesinatos, secuestros, enfermos que no consiguen medicinas, prisioneros políticos, arbitrariedades y amenazas gubernamentales y empobrecimiento de la población que golpeado con particular injusticia a quienes mayor esfuerzo han hecho para mejorar sus condiciones de vida. En rigor, carece de sentido planificar más allá de unas semanas, porque no existe la certitud necesaria que sirve de base a las expectativas indispensables para anticipar qué ha de ocurrir. Sin esas expectativas la cotidianidad se convierte en un esperar lo inimaginable en cualquier momento en cualquier lugar.

En esta circunstancia la primera víctima ha sido la esperanza, la esperanza en general, vaga, imprecisa, esa que anima a abordar cada día con ganas de vivirlo. Porque falta esta esperanza crece el número de personas que no se calan esta manera de sobrevivir. Así, muchos tratan de crear certidumbre a como dé lugar. Una manera de hacerla es, desde hace un tiempo, estableciendo plazos breves para tomar decisiones importantes. En estos días una fecha se convertido en punto de referencia, en encrucijada: el 6 de diciembre. Gran parte de la gente espera que ese día ocurra un cambio, un cambio político significativo que le dé base a la esperanza de vivir en un país mejor. Esa fecha es tan significativa que hay quienes afirman que, dependiendo de lo que pase el 6-D, decidirán si quedarse o irse del país.

Diga lo que se diga y no importa quien lo diga, el 6-D no ocurrirá un cambio de fondo que automáticamente nos convertirá en un país mejor. Sin embargo, sí puede afirmarse que es muy probable que ese día se inicie un proceso de cambio político que comience a alejarnos de este disparate que hoy circunda y condiciona los planes de buena parte de las personas y organizaciones que integran la nación. Los sondeos de opinión señalan con creciente seguridad que el 6-D ganará la oposición. Así comenzará el cambio. Con serenidad y seriedad, hoy no es posible señalarla velocidad de la transformación que ese día comenzará, ni la manera como se realizará. Muchos factores imponderables está en juego. Crece el número de personas que desean un cambio radical, lo cual no es descartable, como tampoco es descartable que se inicie un proceso de transición por etapas sucesivas hacia una democracia de gobierno sensato que haga este país más próspero, más humano y vivible.

Algo hay que tener claro. Nada de lo que ocurrirá será consecuencia de un milagro, a no ser del milagro que puede hacer el esfuerzo de muchos. “Muchos” significa mucho más que los partidos políticos o sus líderes. “Muchos” significa la sociedad civil integrada por gremios profesionales y empresariales, sindicatos, academias, iglesias, universidades, militares, organizaciones sin fines de lucro, comunicadores, intelectuales, artistas, medios de comunicación, redes sociales, todos dispuestos a asumir compromisos y a jugar sus intereses y posiciones.

Vienen tiempos de conflictos más graves que los vividos en los últimos años. Tiempos que exigirán brega y asumir riesgos. Si nada arriesgamos nada ganaremos. La gran tentación será evadir el riesgo utilizando sin vergüenza la excusa de la prudencia. Tendremos que tragar grueso y hacer inteligentes cálculos para que el costo que paguemos sea el necesario aunque sea alto. No es de sorprender que la vida de muchos estará en juego, eso exige responsabilidad, entre otras cosas la responsabilidad de saber que muchos han muerto y muchos están muriendo, que muchos sufren y  hay que detener la injusticia. Solo así el 6-D será fecha de inicio de un cambio dignamente memorable.