• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

Conductas indispensables

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Ante la gravedad de la situación que sufrimos cunden los análisis y propuestas de expertos y actores políticos de variadas orientaciones. Actores políticos tan importantes como los que integran la Mesa de la Unidad expresan pareceres diferentes sobre lo que hay que hacer: convocar una asamblea constituyente, dialogar con los ciudadanos mediante la multiplicación de congresos en todo el país para armar entre todos una solución, peregrinar por vecindarios y pueblos haciendo contactos personales con la gente, prepararse para las elecciones parlamentarias, y por tanto para las primarias para elegir los candidatos. Todas esas líneas de acción, a pesar de sus diferencias, comparten un supuesto de dudosa sustentación: después de todo hay estabilidad política y cierta normalidad democrática, muy básica pero que permite reunirse, conversar, criticar al régimen, llegar a acuerdos, ir a elecciones con árbitros que tendrán que respetar la reglas electorales y gente en el gobierno que no le quedará otra que someterse a la voluntad de la mayoría representada en una Asamblea capaz de controlar al Ejecutivo.

Tal supuesto refleja un optimismo radical difícil de defender. Hasta ahora el régimen no ha dado señales de tener la más elemental vocación democrática que alimente la tolerancia y la aceptación de la posibilidad de ser desplazado del poder. Si esa vocación existe, no hay mayor problema, solo estamos siendo víctimas de la incompetencia gubernamental y de la falta de educación política. Creer tal cosa requiere no prestarle atención a la cada vez más limitada libertad económica, a la presencia asfixiante del Estado, a la violación de derechos humanos, a la impunidad que crea la ausencia de separación de poderes. Creer tal cosa exige no pensar más en la jueza Afiuni, ni en Leopoldo, Scarano, Ceballos o María Corina, ni en los muertos por la represión, ni en la limitación de la libertad expresión, ni en las fuerzas paramilitares creadas y mantenidas por el régimen. En pocas palabras, no pensar en el país que vivimos, o pensarlo como algunos analistas y actores políticos quieren que se piense, porque la realidad que vemos no es la que es. ¿Y cuál es? Un gobierno incompetente que saldrá del poder porque gobierna muy mal y tendrá que hacerlo porque no tiene otra opción.

La cotidianidad del ciudadano es cada vez peor, más lamentable, más riesgosa, sin visos de mejoría. Por eso al discurso opositor le es cada vez más difícil crear confianza en que seremos capaces de evitar que el totalitarismo termine imponiéndose. No solo las palabras hablan. La pérdida de esperanza en buena parte refleja la ausencia de fe en lo que dicen quienes pretenden liderar, porque unas cuantas veces las palabras no han sido acompañadas por conductas, por eso lucen huecas. De este mal sufren hoy varios actores políticos que creen tener un discurso diferente al de los demás. Dos conductas indispensables que le darían sólido sustento a todas las facciones opositoras serían una sólida unidad en la acción, no simplemente electoral, que no la vemos, y una firme movilización ante los desmanes y atropellos del régimen, cosa que tampoco se manifiesta.

La falta de fe en las palabras ya está siendo desplazada por la angustia. Pero no se trata de la angustia por la escasez de harina de maíz, antihipertensivo o jabón, sino por la posibilidad de que definitivamente se imponga el totalitarismo. Tener respuesta a este nuevo estado del alma atormentada de muchos venezolanos se está convirtiendo en el reto definitivo de la dirigencia opositora.