• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

Complejidad

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Si a encuestas, foros, análisis  y comentarios nos atenemos, el país es un desastre en ámbitos muy diferentes. Casi cualquier arista de la vida nacional luce maltrecha. Es así hasta el punto en que las deficiencias, muchas veces muy graves, de, digamos hace veinte años, se han desdibujado de la memoria para reaparecer en el recuerdo como casi inexistentes. Pero ¿qué importa el recuerdo de lo que el país fue cuando la situación actual es apreciada por gran parte de la población como intolerable por su inmensa distancia de lo deseable? La nación se ha convertido en un gran pichaque de conflictos, insultos, intolerancia, amenazas, arbitrariedades, abusos, mentiras, incompetencia, inflación, escasez, injusticia y crímenes.

En tan grande y diversa cantidad de males no es de extrañar que emerjan dos reacciones extremas: la de perderse en la vastedad del enredo o la de tratar de atender una sola de sus aristas. La primera reacción conduce a una lista inmensa de problemas por atender, lista en la cual todo parece importante y tal vez lo es. La segunda, centra la atención en un solo aspecto del cual se esperan los mayores resultados.

Es bueno aprender la lección de este y otros países. Es bien sabido que las prioridades son clave porque cuando se trata de atender todos los problemas no se atiende ninguno. Es más, la escasez de recursos que sufrimos y que empeorará exige decidir con seriedad aquello muy importante que debe ser atendido tan pronto como sea posible y bien. Lo cual implica decidir qué es aquello muy importante que, con mucho dolor, deberá ser postergado porque hay cosas más importantes aún y los recursos no alcanzan.

Al buscar una sola solución la preferencia tiende a ser con frecuencia una fórmula económica, preferiblemente una que “ajuste” algunas variables muy concretas –tasa de cambio, por ejemplo– y esperar el efecto mágico en el resto de la economía. ¿Quién puede negar la importancia de lo económico? Nadie, sería una insensatez. El peligro, sin embargo, es hacerse la ilusión de que el problema económico se refiere nada más a lo económico, cuando, en realidad, la economía requiere para su buen funcionamiento que operen factores de índole política o social que los economistas no pueden manipular. Mencionemos dos: la confianza en un futuro en el cual se respeten las reglas, y la existencia de un sistema de justicia confiable para gran parte de la población, no solo para los poderosos o los ricos.

Por lo señalado, son insoslayables dos preguntas: ¿puede el régimen hacer un ejercicio serio de formulación de prioridades en función de las necesidades del país, o más bien se le hace inevitable establecerlas ante todo en función de su supervivencia política? ¿Tiene el régimen la disposición de respetar las reglas del intercambio económico para crear estabilidad y de asegurar el buen funcionamiento del sistema judicial libre de influencias indeseables de quienes detentan el poder?

No existen señales de ningún tipo que permitan responder positivamente esas preguntas. La interferencia en las actividades empresariales continúan al igual que las amenazas, emitidas desde el más alto nivel de gobierno; de igual modo, la manera como está planteada la selección de nuevos magistrados para el Tribunal Supremo no es en absoluto esperanzador.

La complejidad del problema del país es tal que cualquier persona sensata sabe que se requiere la mayor seriedad de un gobierno para enfrentarla con una amplia convocatoria a los sectores más diversos del talento y la buena voluntad, en muy distintos ámbitos. Por ser así, es también insoslayable la pregunta: ¿es posible atender eficazmente la enredada crisis del país con el equipo de gobierno actual? Ya muchos venezolanos han respondido que no. Lo cual añade una complicación aún mayor.