• Caracas (Venezuela)

Ramón Piñango

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Ramón Piñango

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Desde la muerte de Hugo Chávez la historia ha sido compactada para embutir en un puñado de días una vasta cantidad y variedad de acontecimientos que normalmente ocurren en varios años. Hemos acortado la historia acelerándola. El futuro será más intenso aún y el tiempo transcurrirá a velocidad vertiginosa.

A principios de año la pronta muerte de Chávez era predecible, como predecible era que anunciarían las elecciones para escoger nuevo Presidente en poco tiempo. Así ocurrió. Muchos señalaron que la participación de la oposición en esas elecciones sería simbólica, que alguien debía sacrificarse siendo candidato y que ese alguien debía ser Henrique Capriles. Las cosas no ocurrieron así. Efectivamente, Capriles fue el candidato opositor pero, contra el pronóstico de los expertos, su campaña tuvo consecuencias tangibles, nada simbólicas tal como hemos visto en las últimas semanas. En breve lapso Capriles se ha consolidado como líder de una oposición que ha cuestionado el triunfo del candidato oficialista, que ha demostrado que el supuestamente todopoderoso chavismo no es tan poderoso y ha colocado al régimen a la defensiva, lanzándose solo solito por el despeñadero del miedo, las amenazas, la violencia y el desprestigio internacional. Hoy está claro que hay un enfrentamiento abierto entre dos grandes fuerzas políticas, una en ascenso, otra con el sol en la espalda.

¿Qué nos traerá el futuro? Enfrentamientos más intensos entre el régimen y la oposición, con grave riesgo de violencia. La violencia, la física sobre todo, se ha manifestado en centros electorales y recientemente en la Asamblea. La estrategia de la oposición se centra en la denuncia de irregularidades electorales y en la impugnación de la elección del Presidente, cosa en la que insistirá exigiendo nuevas elecciones. El Gobierno ha dado señales de que no tiene ningún interés en dialogar y que no cederá un ápice en su esfuerzo por consolidar la revolución. Tal enfrentamiento cada vez más manifiesto, como lo señalan las arrechas cacerolas opositoras y los coñazos reconocidos y reiteradamente ofrecidos por destacados personajes del chavismo. Todo esto ocurre en una nación en el cual hace ya tiempo desparecieron los árbitros institucionales creíbles, confiables para gran parte de los ciudadanos. Esta desconfianza se agrava ahora porque al menos la mitad del país cuestiona la legitimidad de quien preside el gobierno.

A todas estas, ¿qué ocurre con el ciudadano común y corriente que no está en medio de la lucha política? Ese ciudadano sufre cada vez más angustiantes problemas como el aumento, día a día, de la probabilidad de morir asesinado en la calle, una inflación que ya no tiene que ser demostrada por estadísticas porque su gravedad se hace palpable a cada instante, la irritante escasez de alimentos que empeora y la falla de servicios como la luz eléctrica. Si ese ciudadano pertenece a los sectores populares, sufrirá todos esos males con mayor intensidad.

El Gobierno luce particularmente insensible ante las necesidades de la gente o no está en condiciones de atenderlas. Está sumergido en una retórica revolucionaria cuyas racionalizaciones ya no son muy creíbles. Pareciera que no pudiera hacer otra cosa, que él mismo cierra opciones para quedarse con una sola: la represión.

La oposición se ha percatado, al fin, de que tiene ante sí una fuerza política que lucha, como sea, para no ser desplazada del poder. El reto opositor es doble: por una parte, estar con la gente que más padece las fallas de un gobierno que no gobierna, planteando la necesidad del cambio político para mejorar las condiciones de vida del país; por otra, recurrir a la mayor creatividad para hacer que ese cambio sea democrático, porque cualquier cosa puede suceder. Todo en un plazo angustiosamente breve, antes de que la historia nos sorprenda.