• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

La verdad, primera baja de la revolución

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Si fuese el momento de hacer una especie de inventario de los últimos 17 años, que fue lo que duró en Chile el segmento más cruel y autoritario de la dictadura de Pinochet, veríamos muchas coincidencias en cuanto a represión, persecuciones y carencia de libertades ciudadanas, y cifras muy dispares en cuanto a calidad de vida, empleo, alfabetismo, déficit de viviendas e índice de pobreza. El proceso bolivariano recaló en las peores estadísticas.

Si era grande la indignación y el rechazo a los abusos y atropellos que se cometieron en ese campo de concentración provisional que fue el Estadio Nacional de Santiago de Chile, en el caso de Venezuela la indignación está cargada de vergüenza y decepción. No ha habido ni la valentía ni la probidad de exigir que se investiguen los hechos ocurridos hace dos años, cuando se asesinó a estudiantes y trabajadores de certeros tiros en la cabeza y se sometió a los detenidos a situaciones abusivas no solo en cuanto al derecho de protestar, sino que también se violaron sus derechos humanos de manera contumaz.

Un “Estado Social de Derecho”, que es como define al venezolano la constitución aprobada en 1999, no puede permitir ni desentenderse de las crueles situaciones vividas; es inadmisible que todavía no se haya castigado a quienes usaron la fuerza de manera desproporcionada e ilegal, y además convirtieron la justicia en tribunales de venganza y de persecución política.

La sociedad ha estado indefensa y silenciosa, atemorizada. De una manera sistemática y permanente el “proceso” acorraló la prensa y exterminó la libertad de expresión, esto es apenas el ruido de una aguja al caer. Al principio, cuando un periodista perdía su espacio, a pesar de los reiterados casos, se consideraba como un asunto personal con el dueño del medio o un “arreglo” del medio con el gobierno. Cada día la tenaza se cierra más, y la posibilidad de informar a la mayor cantidad de venezolanos es más una aspiración frustrada.

Pese a que perdieron credibilidad y prestigio, que se entregaron con armas y bagajes, dos o tres ex periodistas que han funcionado como operadores políticos y pisoteado el oficio, lo han embarrado, pretenden continuar siendo faros anunciando futuro donde no lo hay. Un tercero, desde el “exilio” hasta se atreve a pronosticar transiciones y nombres. Al final los tres coinciden en fomentar la inopia, la resignación, la derrota autoinfligida. Tiempo de retirarse. Ya se les fueron los quince minutos de gloria, ahora tienen el rechazo de la eternidad. Permuto prensa libre por hombre nuevo, incluidos los guilindajos ideológicos.