• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Los uniformes rojos y verdes pasaron de moda

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Ni siquiera cuando el Partido Comunista de China anunció el fin de la Revolución Cultural, que había puesto en marcha el gran timonel Mao Tse-tung junto con su esposa Jiang Qing, hubo tanta felicidad en China como cuando decretaron que cada quien podía vestirse como mejor le pareciera. Se acabaron los uniformes, los trajes tipo taller para las funcionarias y los liquiliques azules y grises para la población en general. La uniformidad quedó reservada para los militares, por razones tácticas y estratégicas, la policía y los bomberos, pero solo en funciones de servicio.

No cabe duda de que cuando la democracia elimine el predominio del color rojo de las actividades públicas, oficiales y semioficiales, y lo usen solamente en los actos del PSUV, tanto el funcionariado como el público que atiende se sentirán mejor. Durante 17 años el rojo ha sido utilizado como emparejador, para imponer el igualitarismo colectivista por encima de la individualidad del ser humano y aplastarle la libertad. Al principio lo aceptaron de buena gana. Era una manera de mostrar que pertenecían al grupo de los escogidos, de los buenos de la partida, de los que estaban haciendo grandes cosas por la patria, hasta se consideraban la vanguardia, los adelantados que indicaban el camino. Ingenuos.

La propaganda, el discurso del intergaláctico, la técnica de manipulación de masas, la hegemonía comunicacional y la disposición a creerse que el cuento era verdad, que la distribución equitativa de la riqueza era verdad, que la democracia participativa funcionaba, que los olvidados ahora tenían voz, y que ahora todos somos poetas y creadores, ocultaron la ineficiencia del sistema de producción, el fracaso del voluntarismo y las agallas de quienes llegaron para llenarse, para hacer su propia justicia.

Convertido el país en un botín, saqueado y desmantelado, vale poco ponerse la franela roja y la cachucha ídem. No protege de extorsiones en las alcabalas y puede generar una mentada de madre en la esquina. Ya no son los buenos. El carruaje devino en calabaza y los blancos corceles en ratas de cañería. Se acabó el encanto.

Como en los primeros días de la democracia, oficiales y soldados prefieren vestir de paisanos, nada de distintivos; los burócratas llevan el carnet en la cartera, la indumentaria de trabajo en una bolsa, van calladitos; con la cabeza gacha tratan de pasar inadvertidos. No quieren que los señalen ni les reclamen, ni que le echen en cara que son responsables del desastre, de este Estado fallido, de esta crisis humanitaria que también los afecta a ellos y a sus hijos. A todos. Nada que vender, nada con qué comprar.