• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Desde la lupa del comandante todo se ve lejos

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Ido Hugo Chávez y desmantelada la revolución bolivariana por sus propios burócratas y seguidores, unos por pragmático aprovechamiento personal, otros por simple desgano y todos los demás porque nunca entendieron de qué se trataba ni para dónde iba, no es aventurado decir que vienen tiempos de turbulencia, inestabilidad y de contradicciones en el seno de la nomenklatura, además de fuertes reclamos de las masas que confiaron en que el “comandante eterno” había dejado todo bien amarrado para que el proceso no fuese perturbado por su ausencia ni por errores de sus subordinados.

Basta un simple vistazo para constatar la profunda crisis del país y de la desidia reinante. Aunque los directores, palafreneros y sucedáneos al frente de los medios de comunicación oficialistas, semioficialistas y todas las formas posibles de colaboracionismo juran que la audiencia, los lectores y ese grupo que con desacierto han denominado “usuarios y usuarias” los leen y sintonizan porque están desesperados, ansiosos, de que se les diga que es una gran mentira lo que viven a diario en las colas para adquirir comida, en los hospitales, en las oficinas públicas, en las escalinatas de los cerros y en los callejones de esos barrios que se hunden en las crueldades del hampa.

La catástrofe está ahí en su plenitud, pero los pasquines anuncian felicidad y riqueza: llegan a los puertos cargamentos de comida y miles de automóviles que serán utilizados como taxis. También publican estampitas de santos y despliegan fotos de todas las catástrofes que ocurren en el mundo, pero ninguna que recuerde el sufrimiento de quienes sobreviven en la zona fronteriza, en los estados de excepción, perseguidos y humillados por la fuerza pública en los operativos especiales que se han vuelto cotidianos y en las alcabalas de siempre, ahora tan salvajes como un pelotón nazi en un campo de concentración.

Con la bandera de Venezuela como brazalete, te bajan del autobús y te registran. Te quitan la dos latas de atún, el kilo de harina de maíz precocida, las medicinas que debes tomar, la camisa que les gusta y también el pantalón que se les antoje, el miche, el dulce de leche, los alfajores y el libro que apenas empiezas a leer, además piden que todos los pasajeros paguen la cantidad que se le ocurra al teniente, para poder continuar el viaje. Es el precio para garantizar que los “usuarios” de la carretera no serán molestados por paramilitares, narcotraficantes y asaltantes de camino. Se acabó la revolución, todo está nítido. Presto lupa que no aleja, pero quema.