• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Sin energía ni olla que raspar

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No creo en inmolaciones. Nunca creí el cuento de que sin el sacrificio de Ricaurte todavía seríamos una colonia de España. Quizás se evitaron otras muertes o solamente un par de escaramuzas, pero hasta ahí. Hay que reconocer su valentía y también el talento que se perdió con su suicidio. Si analizamos en frío los primeros años de la lucha independentista encontraremos una disposición a dar la vida por la patria que no es común en la historia de la humanidad. Todavía en algunas consignas políticas está presente la disposición de dar la vida por la idea de país que se sustenta, tal vez con excesiva simpleza.

Quienes han analizado las consecuencias históricas en América Latina del afán de los líderes civiles de entregar la vida por sus sueños patriotas, han encontrado que hubiese sido mejor que se hubieran preservado y no hubiesen cedido sus puestos de comando a quienes eran ágiles para sobrevivir en las batallas, les sobraban ambiciones y carecían de probidad. Los grandes hombres que firmaron la declaración de independencia se sentían obligados a colocarse en la primera línea de combate, con lo que los oportunistas que se rezagaban iban sustituyéndoles en los puestos de mando. En la historia de Venezuela no hay mejor ejemplo que los hermanos Monagas, que aparecen como los libertadores de los esclavos cuando en todos sus años de gobierno se negaron a aplicar el decreto de Simón Bolívar que acababa con la esclavitud.

En los últimos 27 días un montón de venezolanos, con similar ímpetu y valía que los primeros que ofrendaron su existencia a la patria, se declararon en huelga de hambre para forzar una medida humanitaria del gobierno para los presos políticos y que el Ministerio de Elecciones haga pública la fecha de las elecciones parlamentarias, que ya decidió. La camarilla que detenta el poder, que no pasan de 36 entre civiles y militares, no ha respondido como se espera de quienes dicen conducir un “estado social de derecho”. Al contrario, obligan a los abogados de Leopoldo López a que le entreguen una arepa calentita al huelguista. Ellos saben que no la va a probar, pero la usan como una tortura que escuece al defensor y debilita al líder político.

La vida de los otros no vale nada para quienes han asumido el comunismo como régimen político. Son más de 130 millones de cadáveres los que suman nada más Stalin y Mao. Quienes matan de hambre a su pueblo no tienen conmiseración con quienes deciden no comer, los ven como un problema menos. Vendo manual de lucha de Lenin, solo se dan las batallas cuya victoria está asegurada.

@ramonhernandezg