• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Imbecilizados

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La camarilla ordena ver el techo cuando empieza la zaparapanda de golpes y puntapiés. Se ensañan con las mujeres y los débiles, y los acusan de fascistas, de ser la derecha canalla y asesina. Ellos, los que mandan, son buenos y puros, amantes de la paz, con el corazón lleno de amor y ternura; hablan de solidaridad, de hermandad, de humanidad, pero al menor sobresalto sacan la pistola y disparan. Se mueven en la sombra y atacan por la espalda con nocturnidad y alevosía.

No les interesa la revolución sino el poder. Hablan de Marx y desconocen a Hegel, repiten consignas del estalinismo con la misma candidez que lo hicieron nuestros abuelos cuando desconocían el mundo de terror y muerte que se ocultaba detrás de la cortina de hierro, que no sólo eran campos de concentración, sino también trabajo esclavo, exclusión y corrupción en todos los niveles con total impunidad. Stalin jamás abrió los sobres de su salario. Como los recibía los guardaba en una gaveta, y ahí los encontraron cuando quedó descerebrado por un accidente cardiovascular. Jamás pagó nada con lo que ganaba por ejercer el cargo de secretario general del Partido Comunista Soviético, pero en su mesa no faltaba el mejor vino, el caviar más exquisito, la langosta más tierna y jugosa; regalaba carros lujosos a sus colaboradores y pieles, relojes y joyas a sus amantes. El tesoro público era suyo y metía la mano a capricho, como ahora.

Mientras millones de habitantes morían de hambre, el Estado soviético contaba con enormes cantidades de dólares para convencer al resto del mundo de que los rusos habían encontrado la felicidad definitiva, y que se llamaba comunismo, ahora conocido como “socialismo del siglo XXI”. Adentro todo estaba cerrado, censurado.

En la Asamblea Nacional los periodistas tienen prohibida la entrada, sólo admiten a los que miran al techo cuando sienten cualquier ruido, o se quedan lelos mirando los laureles y las espigas del escudo nacional cuando un matón la emprende contra una mujer parlamentaria que exige que se le respeten los derechos. El libre acceso a la información y el simple debate de ideas son perseguidos con las mismas técnicas que utilizan en Cuba las brigadas de respuesta inmediata para volver polvo cósmico a los opositores.

A los diputados revolucionarios les encantan las prendas de vestir de marca, el high fashion, y viajar en primera clase con su dietista personal escuchando el canto contestatario de Alí Primera. Dicen que representan el pueblo, que son la voz de los oprimidos y de los explotados, pero no se atreven a asistir a una asamblea de obreros ni ir a una discusión abierta en el Aula Magna, donde a fuerza de consignas y manualitos de la extinta Academia de la URSS se “graduaron” de progresistas. Cedo título de sociólogo sin firmar, par de piedras y capucha roja.