• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

El bigote de Stalin y otras coincidencias

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Siempre me pareció que era encomiable la labor que desarrollaba Blanca Rosa Eekhout Gómez al frente de Catia TV, cuyos estudios y planta de transmisión funcionaban en las instalaciones del hospital de Lídice. Nunca supe de los contenidos que desde ahí se difundían, pero imaginé que seguía la pauta de la cámara ojo-verdad que fascina tanto cuando se estudia periodismo y sus sucedáneos. Estuve cerca de hacerle una entrevista, de tener una larga conversación con ella, y pensé regalarle un libro de Vasili Grossman, el hiperrealista socialista. Todavía guardo el que le compré a Earle Herrera.

No sabía que era una mujer tan joven ni imaginé que fuese capaz de tanta estrechez en su dogmatismo ideológico ni que su profesionalismo fuera tan escaso como el que mostró al frente del ministerio de información y propaganda del finado Hugo Chávez. Oírle las intervenciones en la Asamblea Nacional me genera sentimientos encontrados. Sorprende que alguien a quien aún le quedan tantos chascos por delante exprese su odio y repulsión contra el prójimo con tanta seguridad, sin ese ligero temblor en los labios con que subrepticiamente se asoma la duda, el temor a equivocarse.

Me niego a compararla con un autómata, solo pretendo manifestar mi alarma y preocupación ante la aciaga ausencia de lecturas, preparación, conocimientos y experiencia de quienes han usurpado el centro neurálgico del poder: las decisiones. El rocambulismo caribeño y tropical que cree que el cargo habilita ha alcanzado límites inexplorados y generosamente dramáticos en Miraflores. En el numerosísimo gabinete, subgabinete y exogabinete del presidente Nicolás Maduro no hay un economista, tampoco un contabilista y mucho menos un verdadero estudioso de Carlos Marx y sus aportes. Todos son militares activos o retirados, sociólogos de caletre y socialistas pro cubanos de oídas, ajenos por igual a la literatura como a las ciencias económicas. Todavía no han abierto el ejemplar de Los miserables que les correspondió por partida doble del tiraje de 1 millón que ordenó Farruco Sesto en su alarde de gallego culto. Ay, Álvaro Cunqueiro.

En la Unión Soviética la improvisación presentó similares ribetes, pero tienen en su descargo que abrían el camino de su propio fracaso, que sería una gran lección para la humanidad. Aquí no hay excusa para cometer las mismas y hasta peores tropelías, que por terquedad se conduzca al país a la ruina absoluta con tanta crueldad e inmisericordia cuando ya saben que no son dueños de la verdad, sino todo lo contrario. No tienen nada de que presumir, sino sentir vergüenza. Vendo método de Stalin para encontrar culpables, equivocación garantizada.