• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Las bacanales del hambre no acaban al amanecer

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Los candidatos del PSUV y sus aliados –bien vestidos, bien comidos y bien calzados– recorren los circuitos que les han asignado como los tres Reyes Magos que vinieron del oriente: reparten cestas de comida, aparatos de aire acondicionado, neveras, lavadoras y cocinas, además de Canaimitas que se pueden reprogramar y sirven para correr videos y también para la venta de terminales y triples. En la Contraloría no se han dado por enterados de ese corrupto mal uso de los pocos dineros públicos que va dejando el deslave administrativo y gerencial.

Renuentes a cualquier ajuste económico que le evite al país penurias y hambrunas, viven en un rato “maravilloso”. Anuncian la llegada de barcos “a los puertos” con carne de bovinos que solo llega a sus mesas, y el presidente, que viaja feliz de cumbre en cumbre, después de garabatear unas hojas con la primera combatiente atrás dormida propone, como si emulara al Che Guevara en Punta del Este, crear varias ONU, con lo que entusiasmó a los familiares de la macolla gobernante que ve ahí la posibilidad cierta de vivir en Nueva York, vestir trajes de marca y dejar el chiquero en que se ha convertido Caracas, pero también Maracaibo, Valencia. Cumaná, El Baúl… y la Colonia Tovar.

Como si el barril de petróleo siguiera a 140 dólares y las perspectivas fuesen que llegará a los 200 que el intergaláctico consideraba justos, los genios del equipo económico prometen a la banca de inversión –después de un buen almuerzo, también  en Nueva York, brandy y habano incluido– que Venezuela  pagará los intereses de los bonos que están por vencerse. No lo dijo, pero quedó en el aire: “A costa de lo que sea”. Malula, saca las alpargatas.

El rosario de calamidades en que el socialismo del siglo XXI convirtió el país no está reflejado en la prensa oficial ni la sucedánea. Ahí lo único que preocupa es que “no hay una oposición seria, unida y bien organizada”. No me jodas, Eleazar. Ocúpate de tus aguas negras, del hampa en los barrios y del alto costo de la vida que esa es la esencia y la razón de vida de un diario popular; titula con franqueza y veracidad.

No somos un Estado fallido, fallido es el gobierno y su caterva de ignaros petulantes –ay, Giordani– que pretenden enseñar a los otros lo que ellos no saben ni estudiaron. Aquel extraordinario chiste de que pretendían reformar la ley de gravedad mediante un decreto ahora es la cotidianidad, mientras los candidatos a diputados reclaman que la cesta que les manda Pdval no les llega completa, que les falta el jamón serrano, el caviar y el vino. Se busca encuadernador de canalladas.