• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Territorio de odio y de escarnio público

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Los activistas manganzones que siempre tienen un compromiso familiar cuando la tarea que les asignan conlleva peligros, traiciones o grandes esfuerzos son los que más radicales se muestran en las reuniones, en las tardes de café y a la salida del cine. Son los que dicen que la lucha de clase empieza por odiar a los propios padres, que por más proletarios que fueren siempre arrastran prejuicios pequeñoburgueses. En los cursos de adiestramiento para la lucha popular y el levantamiento de las masas, etc., etc. es posible escuchar peores barbaridades y atropellos a la razón de boca de “expertos” en la materia, de esos que duermen con una granada fragmentaria debajo de la almohada, que se dicen bolcheviques del siglo XXI.

En el discurso público, en el dulce embeleco de la masa, en singular, la narrativa adquiere tonalidades más complejas pero muy simples en apariencia. Anuncian que van a freír las cabezas de los enemigos en una paila gigante, que se va a instalar un paredón para darles su merecido a los traidores y apátridas, pero al mismo tiempo proclaman un mundo de paz, de solidaridad, pleno de amor y de frenesí, como dice la canción. Mientras les niegan el agua y el pan a “los otros”, ratifican con descaro sin igual que su corazón está lleno de cariño verdadero.

En su cuadrícula política los enemigos son fáciles de identificar: todos los que no están del lado correcto, los que no muestran su fe en el proceso, que no se sacrifican por la dirigencia y, principalmente, quienes critican el bienestar de compañeros que “abandonaron su comodidad burguesa” para alcanzar la revolución y ahora merecen que se les reconozca, se les admire y se les premie.

Radicales, les gusta prender el ventilador de las descalificaciones y hurgan en la vida ajena y cualquier manchita la consideran merecedora de la máxima pena. Se solazan en el desprestigio y el insulto, la palabra “asesino” es la más recurrida, pero cuando la pelota se devuelve y les levanta las enaguas o la sábana pringosa de indecencias, o peor, quedan a la vista sus cuentas bancarias, no hay nadie que haga mejor el papel de víctimas. Entonces lloran como niñas ofendidas y humilladas, y piden el máximo castigo para quienes les pintaron una inofensiva paloma.

Cuando eran prisioneros de guerra por matar inocentes, reclamaban trato de presos políticos, de seres humanos; ahora a los que proponen un país sin enemigos y con comida para todos, los sepultan en calabozos sin luz en el nombre de un mundo mejor. ¿Disociados? Vendo parrillera y bolsa de carbón.