• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Soponcio

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La escasez es tan pronunciada que hasta Perogrullo se ha quedado sin verdades, pero oficialmente lo único que se acepta que ha desaparecido es lo obvio. La línea oficial es que todos los anaqueles están llenos y que abunda no sólo el buen decir, sino también la sindéresis, aunque con frecuencia los voceros oficiales y los portavoces pierden fácilmente la poca cordura que acompaña su desempeño, sea público, notorio, privado, íntimo o el otro que la prudencia desaconseja nombrar.

Lo obvio fue extrañado para darle cabida al ripio y a la redundancia, que antaño eran tan perseguidos por las fuerzas de la enseñanza: maestros, psicopedagogas, institutrices y educadores en general. En los últimos años y con el mismo afán con el que en las primeras cruzadas se les cortaba la cabeza a los infieles y se les sometía a tormentos inimaginables e inaguantables, los funcionarios con prerrogativas suficientes como para empuñar un micrófono, una de las armas más recurrentes en la batalla de las ideas, deben interiorizar que no basta con decir "todos" que seguidamente y sin rubores deben pronunciar con similar articulación y énfasis la palabra "todas". La regla la aplican con igual certeza y sin pruritos pequeñoburgueses en todos los sustantivos, adjetivos y participios. Así a la manada le corresponde "el manado"; a estudiante, "estudianta; a presidente, "presidenta"; a periodista, "periodisto", y a mosca, "mosco". Normativamente, y sin que nada sea obstáculo, a todo término que aparentemente sea masculino se le acompañará con su presunto femenino: lechosa, lechoso; piña, piño, etc.

Suponen que por encima de las normas gramaticales está la inclusión, la incorporación del lado femenino en el habla cotidiana, y que a eso tan simple, tan ripioso, poco inteligente y de mal gusto se limitan las luchas de la mujer, a colocar la vocal "a" en donde antes predominaba la "o".

Con la vivienda, la salud, la educación y la alimentación, la acción revolucionaria ha aplicado la misma lógica y los resultados han sido peores y más dramáticos, pero ante la dictadura del espacio debemos limitar los ejemplos. En lugar de enseñar se entregan títulos y certificados –a todos y todas por igual–, sin evaluar destrezas y conocimientos; en lugar de una dieta balanceada y sabrosa, se suministran kilocalorías, puaf; y en lugar de apartamentos se construyen gavetas para meter pobres. Por último, no hay que engañarse con el eufemismo de que Cuba tiene los mejores médicos –¿y médicas?– del mundo. Es una frase incompleta. Le falta el condicionante: "Si los comparamos con los del Medioevo". Remato comedia, tipo farsa, en el último estado.