• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Santos ateos y brujos que rezan

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Ni Marx ni Lenin fueron santos y no merecen ser venerados. Uno era un filósofo de formación cautivado por la economía, y esa mala junta de dos disciplinas tan diferentes trajo como resultado la formulación de una utopía, el socialismo, que en su desarrollo más sanguinario, el leninismo entendido según el modelo estalinista, ha causado, solo en los últimos cien años, más muertes y sufrimientos a la raza humana que las peores tragedias naturales que han azotado el planeta.

En un folletín que en el año 2009 publicó de la peor manera la editorial El Perro y la Rana, que funciona con fondos públicos, pero cuya función es divulgar el pensamiento político en el que se ampara el PSUV para cometer sus estropicios político-doctrinarios, se pueden encontrar algunas de las propuestas que pretende aplicar el gobierno en la administración pública con el nombre de revolcón, con la intención de “darle transparencia a la gestión del Estado y hacer más eficiente la lucha contra la corrupción”. Si Jorge Arreaza se hubiera leído el librito, no se presentaría ante las cámaras de televisión con esa sonrisa de hombre perplejo porque las cosas le están saliendo, en lo personal, mejor que cuando recibía salario miserable por sus clases en la UCV, sino que bajaría la vista lleno de vergüenza.

El folleto –es eso aunque cada ejemplar desperdicia 401 páginas, sería una aberración llamarlo «libro»– lo firma  el ogro Vinagreta, Orlando Borrego Díaz, el contabilista que se doctoró en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú, un parapeto montado por los soviéticos para adoctrinar y formar cuadros que respaldaran sus actuaciones en el tercer mundo, pero no para preparar profesionales de alta calidad. En el texto intenta convencer a los lectores de que encontrará en esas páginas las claves para hacer eficiente un modelo, el socialismo, que en la vida real ha sido un fracaso de cabo a rabo, tanto para producir bienes como para generar felicidad.

Al comienzo del escrito Borrego se empeña sin complejos, como todos los marxistas acartonados, en llamar ciencia a una actividad humana que se conoce como “gerencia”, que puede ser hasta un hobby pero nunca una ciencia, y sobre la cual existe abundante bibliografía y se puede estudiar en todos los grados y complejidades posibles. Solo el aislamiento y la ignorancia supina, el atraso, podrían justificar que encuadren como una disciplina científica las tareas de dirección, con leyes tan exactas como las de la termodinámica o el principio de Arquímedes. No me jodas, Vinagreta, pídele a Nicolás que te pague un curso en el IESA.

Lo más gracioso es que en su introducción, y fiel a lo que ha hecho desde que la Revolución cubana conoció la muerte del Che y lo incorporó como otra “merchandise”, con retrato incluido, en su repertorio ideológico, repite una supuesta afirmación del guerrillero que quebró el Banco Nacional de Cuba: No se necesita haber leído a Marx para ser un auténtico socialista, que ser socialista es un asunto de simple voluntad. “Hay verdades tan evidentes e incorporadas al conocimiento que es inútil discutirlas.
Las leyes del marxismo están presentes en los acontecimientos de la Revolución cubana independientemente de que sus líderes profesen o la conozcan cabalmente, desde un punto de vista teórico”. Esa misma herejía la cometió Hugo Chávez cuando se declaró socialista aunque reconocía que nunca se había acercado a Marx ni a sus intérpretes, que se guiaba por esa antología de mentiras poetizadas a la que Eduardo Galeano le puso el título de Las venas abiertas de América Latina, y el Oráculo del guerrero.

Pareciera que a Borrego le pasó en sus “estudios” de Economía lo mismo que a muchos católicos en los tiempos más oscuros del cristianismo, que no consultaban los evangelios directamente porque era pecado, sino a través de intérpretes, por lo que la humanidad vivió la época más oscura y terrible, con inquisidores que mataban, incumplían el quinto mandamiento, en el nombre de la justicia divina y del Dios que les ordenaba amar al prójimo como a ellos mismos. Fue lo que hizo la Academia de Ciencias de la URSS, los únicos intérpretes de Marx que se salvaron de los Gulags.

El Ogro nombra a Carlos Marx una sola vez en todo el vacío temático, pero para dejar claro que lo que él lucubró no tiene nada que ver con el mundo actual, que ponerse a leer El capital hoy es una pérdida de tiempo, que lo que hay que hacer es ceñirse a una supuesta ley “científica” que le recuesta a Guevara: la de la planificación centralizada. Con los revolucionarios se repite, al parecer, el milagro de los apóstoles que fueron “iluminados-esclarecidos” por Dios para que pudieran difundir su palabra. Muerde aquí.

Con la cara dura como una tabla, el “economista” también le da carácter de ley a dos estupideces que fueron la principal causa de la estrepitosa caída de la economía soviética: la planificación centralizada y el centralismo democrático, ese antro de desdichas, injusticias y perversidades. Obviamente, quien espere un poquito de rigor en un folleto de 401 páginas lleno de babiecadas optará por reciclarlo en papier maché tan pronto encuentre que en la supuesta bibliografía aparece Lee A. Iacocca con esta grafía: Lee A. Koca. Preparo cadáveres exquisitos, precios solidarios.