• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Purga en el PSUV

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Cada día hay más razones para sentir un escalofrío cuando se escucha la palabra revolución; ese estremecimiento es mayor cuando va seguida de la aclaratoria que es “pacífica, pero armada”, que funciona más como una amenaza que como una característica. Si la palabreja en cuestión además es calificada como socialista, la historia desde el siglo XIX hasta el actual reúne suficientes hechos como para que el espeluzno se convierta en terror. No solo matan sino que perpetran los crímenes con sadismo y crueldad. Ahí está el caso del GNB que violó a un manifestante detenido con el cañón de uno de los fusiles AK-103 que la “revolución” compró para protegernos del imperialismo estadounidense.

En Venezuela se siguió un guion inédito en la toma del poder. Aunque la promesa fue la que siempre cautivó a los más ingenuos, “el reparto equitativo de la riqueza” y la lucha contra la corrupción, fue el contenido cautivante de la palabra “socialismo” lo que desde 2006 ha prevalecido como derrotero y fin del paso por la tierra, consustanciado con todas las formas de manipulación imaginables, pero casi siempre en el nombre de “la dignidad de los pueblos”, una frase que sirve para justificar los peores crímenes de lesa humanidad. Lo hicieron en Rusia y en todos sus países satélites, también en Camboya, pero lo siguen haciendo en China, en Corea del Norte y en Cuba.

Lo peor para la sociedad es que ninguno de sus propulsores sabe qué es el “socialismo” ni cómo se llega hasta allá. Tienen ideas, iluminaciones, supuestos, pero mientras tanto se entrenan en el difícil arte de mantenerse en el poder, que siempre es el control de la sociedad. Cuando llegaron y todavía no habían mostrado las garras, utilizaron las listas de los que pidieron el referéndum para negar puestos de trabajo. Dicen que las enterraron, pero todavía las usan en todas las dependencias del Estado. Lo grave es que la persecución avanza hacia las propias filas del chavismo y se encaminan a resucitar las purgas de Stalin.

El mayor Francisco Ameliach, en su carácter del vicepresidente de organización y asuntos electorales del PSUV, activó una línea telefónica para que se denuncie a los infiltrados, una especie de 0800-SAPO, una Stasi, esa rama de la KGB, en casa. Ya habrá ejemplos como los del niño ruso de 10 años de edad que fue considerado un héroe porque delató al padre, que fue condenado a muerte. Presto ejemplar de 1984, la novela de George Orwell.