• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Perrarina

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El jefe del Estado en su condición de candidato a la tercera reelección repitió en reiteradas ocasiones que en el período de la democracia representativa los venezolanos comían perrarina. Nadie de sus allegados ni sus subalternos se atrevió a sacarlo de su equivocación, mucho menos a corregirlo. Obvio.

Se desconoce, por ahora, cómo se originó esa leyenda urbana que, por lo general, repite la gente de origen rural, que es la que le tiene más animadversión a compartir sus alimentos con los animales. No tanto por asco, que parece ser el caso que nos ocupa, sino por escasez. Ninguno compraría una lata de atún para alimentar el gato o cuanto menos dividirla con la mascota, como ocurre en los centros urbanos.

Por supuesto que no es aconsejable desayunar con perrarina, ni con algún otro alimento preparado para animales, pero a nadie le hace daño hacer arepas con el maíz que se les echa a las gallinas. Los pobres que viven en la penuria saben que peor que no cenar es acostarse sin esperanzas. No es sólo una frase bonita, lo saben quienes sufren cárcel sin que se les siga proceso judicial alguno. Sobran ejemplos.

La perrarina es un compuesto de carne y vegetales, que reúnen los requerimientos kilocalóricos que necesitan los perros. La mezcla y la cantidad varían según la raza, el tamaño y la salud. Algunos animales son alérgicos y requieren dietas especiales. Se dice que el grado de civilización de un país se mide por cómo trata a los niños, a los dementes y a los animales, pero ese es otro asunto. Aclaremos sí que la perrarina no se fabrica con excrementos ni con ratas molidas o con polvo de cucarachas, sino que es una simple síntesis proteica con carbohidratos. Además no es barata ni tampoco la regalan.

Los pobre, los que pasan trabajo para adquirir los alimentos, saben que con lo que gastan en un paquete de perrarina, que no baja de sesenta bolívares la más pequeña, pueden comprar harina de maíz precocida, margarina, mortadela y sardinas en lata, que siempre han sido baratas, sabrosas y nutritivas.

En Cuba, que es el ejemplo de socialismo “exitoso” más recurrido, repartían a los privilegiados una galleta proteica similar a la perrarina, pero de inferior calidad, para compensar la falta de alimentos que hubo en la isla después de la implosión de la Unión Soviética. Una solución menos dramática que la vivida en Ucrania cuando el marxista-leninista Stalin, el Koba, obligó a morir de hambre a más de 6 millones de personas y muchos se alimentaron de cadáveres y cosas peores.

Los astronautas, los soldados, los científicos que deben pasar largos periodos en sitios aislados, reciben dosis de alimentos concentrados que tienen ese sabor desagradable de la perrarina. Ese es el programa que sus subalternos Juan Carlos Loyo y Aníbal Espejo propusieron aplicar en los barrios de Caracas, reclámeles. Vendo tortillas de cere cere, sin caribeos.