• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Irascibles y despiadados con el prójimo

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No miran a la cámara. Los ojos los tienen fijos en el blanco y aprietan los labios. Halan el gatillo y, sin bajar el arma, repiten. Dos disparos, dos víctimas. Tres, igual. Uniformado y con el rostro casi encubierto camina despacio con la pistola humeante en la mano. Llega el compañero con la moto y se lo lleva en la parrilla. No huyen, vuelven al centro de operaciones. En febrero de 2014 fueron asesinados Bassil Da Costa y Geraldine Moreno, 2 de las 43 víctimas fatales de esos días de protesta. Bassil en Caracas, Geraldine en Valencia. Los culpables no han sido llevados a juicio ni mucho menos permanecen detenidos. Gozan de impunidad.

Han sido entrenados para resguardar el orden público, evitar manifestaciones en áreas de seguridad y aterrorizar a los “escuálidos”. Comparten el lenguaje que usan los activistas, fichas, militantes y aliados del PSUV en contra de los opositores, a veces hasta con más rabia y más desdén. No son una fuerza pública, sino el brazo armado de una opción política. Tampoco se consideran parte de la institucionalidad, sino sus enemigos más feroces, crueles y desalmados. Es su protección, su ganancia.

Son la versión tropicalera de la Checa, de la KGB y de la Stasi, el acomodo proconsular del G-2 cubano, y la depravación de cuerpos de inteligencia que se habían profesionalizado y depurado después de penosos episodios generados por la insurrección alentada desde La Habana en la década de los años sesenta.

No son los policías más valientes ni los más inteligentes, ninguno se destaca por sus dotes de investigador sino por la prontitud con que sacan el arma y disparan. Son los encargados de los trabajos especiales en los regímenes que tienen como meta transformar el mundo y salvar la humanidad, aunque en tal propósito exterminen cuatro quintos de la población del planeta. Son los “obedientes” funcionarios que se encargaban de que los trenes atestados de judíos, gitanos, homosexuales y negros llegaran puntualmente a los hornos crematorios, los que impedían que a Ucrania llegara comida y murieran más de 7 millones de personas, los que sometían a las peores torturas a los enviados a los campos de concentración que ideó Lenin y Stalin perfeccionó, y en los que murieron otros 4 millones. Finalizada la Segunda Guerra, se encargaron de fusilar a los acusados de traición a la patria; solo en Asia Central la cifra de víctimas se elevó a 1 millón. No son humanistas, son carniceros. No son revolucionarios, son una peste que busca malvados a quiénes servir y hacer que se sientan seguros. Vendo mazo y el burro que lo carga.