• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Humor y desamor en la decadencia

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Cada vez es más evidente que el peor y más descomunal fracaso del país ha sido en los predios de la educación. Contra los criterios, teoría y paradigmas concebidos y puestos en práctica por ese gran pedagogo devenido en político que fue Luis Beltrán Prieto Figueroa, el homo venezuelensis corre el peligro de devenir en un mero troglodita carmesí, aunque con mazo, emparentado más con Trucutú que con Simón Rodríguez y Andrés Bello.

Pareciera obvio que lo escrito apunta al personaje que desprovisto de la majestad legislativa y de otras dotes –propias o apropiadas– que semana a semana muestra el adminículo con el que andaba el personaje del cómic, pero sin sus relámpagos de bondad e ingenuidades, ni sus contradicciones con el rey Guzigú. Es simple coincidencia, como suelen advertir en las producciones cinematográficas con contenidos escabrosos o inconvenientes para el statu quo.

No, aclaremos que a quien comparamos con el personaje de la época de las cavernas es una de esas figuras arrogantes, prepotentes y petulantes de las que casi convocan una rueda de prensa cada vez que terminan un libro o van al cine, algo que harían con facilidad dadas sus estrechas vinculaciones con el Sibci y su nómina. Administran su exhibicionismo y pantallerismo con la misma diligencia con la que preparan minutas publicitarias y estrategias propagandísticas para inflar la cantidad de firmas que calzan la epístola de Maduro.

Por figurar, también por los emolumentos pactados, son capaces de fotografiarse con Boves y su lanza ensangrentada. No sobra decir que a pesar de su fanfarronería no es la lectura su mayor inclinación ni su ocupación favorita. Miente, es su vieja y recurrida maña de fingir conocimiento, sabiduría y bonhomía. Alardea sin pudor de que está del lado de las “ideas progresistas”, del lado bueno de la historia, pero solo permanecerá ahí mientras figure en la plantilla. Su verdadera aptitud es la de cagatintas-burócrata-mujiquita. Cobra como estratega publicitario y se presenta como humorista, aunque lo único gracioso que ha hecho es burlarse de la suegra con chistecitos gastados y retruécanos burdos.

La ignorancia supina le jugó una mala pasada, quiso valerse de José Rafael Pocaterra y quedó retratada su propia decadencia, y la de pantomima de revolución a la que alquiló su pluma. El maestro Prieto Figueroa se habría asqueado de este producto de la educación gratuita con dos títulos universitarios, aunque con mucho sentido de la oportunidad. Vendo carriel de mucha prosapia, útil como un mazo, pero vacío de neuronas.


@ramonhernandezg