• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Como cuando Gómez

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La puerta de vidrio fue destrozada con una mandarria, pero no mostraron la orden de detención emitida por un juez. Mucho después, cuando el atropello se había convertido en escándalo mundial, la voz, cerebro y brazo ejecutor del gobierno aprovechó una cadena de radio y televisión con un grupo de cultores de la música popular, afectos a la camarilla en el poder, para informar sobre la tropelía: “El señor Ledezma, por orden de la Fiscalía, fue apresado para que responda por los delitos contra la paz, la seguridad y la Constitución”.

El maestro Simón Alberto Consalvi decía que tendríamos un país distinto, mejor, si los políticos, especialmente aquellos que ejercen funciones de gobierno se hubiesen leído un par de libros fundamentales para cualquier venezolano: Guzmán, elipsis de una ambición de poder de Ramón Díaz Sánchez y Memorias de un venezolano en la decadencia de José Rafael Pocaterra. Las pocas ediciones de ambas obras y el desdén que han mostrado por la historia patria las editoriales estatales quizás ayuden a explicar la tendencia a repetir los episodios más oscuros de la vida republicana; y que por el bien de la humanidad entera deberían mostrarse en algún museo para que nadie olvide las terribles torturas, asesinatos y maldades que hemos sido capaces de perpetrar.

Los grillos de La Rotunda y del Castillo de Puerto Cabello fueron lanzados al mar como una manera de vacunarse contra los demonios, quizás si esas cárceles se mantuvieran en pie y las pudiéramos recorrer podríamos oír los alaridos de los torturados, de los “conspiradores” que eran colgados por los testículos para que cooperaran con la patria y delataran a sus compañeros.

Hasta no hace nada, decían que la Constitución de 1999 era la más avanzada del mundo; una frase que también la pronunció Stalin en su ruso con deje georgiano en los momentos de las peores purgas y los más canallescos procesos como política de Estado. La comparación luce exagerada, pero es el momento de parar las detenciones arbitrarias, antes de que estos pocos dramas humanos se conviertan en estadísticas con números millonarios.

La Constitución que tanto muestran y tan poco han leído es muy clara en los asuntos relacionados con la libertad. No dice que la Fiscalía puede ordenar detenciones o arrestos. Solo el juez. Tampoco que las condenas y los años de cárcel las decide el jefe del Estado. El fantasma de Juan Vicente Gómez sigue rondando en las modernas ergástulas y en las asambleas populares que repiten que “así, así, es que se gobierna”. Una consigna que inventó Tarazona para hacer feliz a su jefe. Cerrado por arrechera.