• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Fábulas, utopías, derroches y boberías

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Mi amigo el matemático nunca trabó amistad con Nelson Merentes. Lo consideraba excesivamente pragmático y contradictoriamente muy apegado a los sortilegios de la Academia de Ciencias de la URSS. Tampoco mi amigo, ahora dedicado a la búsqueda de tesoros, repitió la conseja de que Merentes tenía una bola de hierro. Pasar los viernes en la tarde en los pasillos cubiertos haciendo ejercicios matemáticos es una vieja tradición en la UCV; ahora no hay tiza ni pizarras, sino tabletas y calculadoras, pero se mantienen los chismes y las maledicencias.

La leyenda de la bola de Merentes comenzó como una jodienda contra el futuro buscador de tesoros que, recorriendo el litoral con un detector de metales, había encontrado cerca de Naiguatá dos llaves oxidadas, una espuela solitaria y una bala de cañón carcomida por el óxido. Cuando, entre un diferencial y otro, narraba el hallazgo, le dijeron que Merentes también tenía una, pero que era chiquita, casi del tamaño de una metra. No se habló más, pero ahí empezaron los murmullos y jodiendas.

En Venezuela, desde antes de la Capitanía General, en la mágicas explanadas de la Nueva Segovia, las murmuraciones siempre acompañaron las conversas del fin de la jornada. Ahí, dicen los entendidos, llegó primero el rumor de El Dorado, que luego hasta Sir Walter Raleigh se lo creyó, pero no por tonto; un poco más y nos despoja del Orinoco.

En la Independencia, en plena Guerra federal y hasta que el general Gómez descubrió que era mejor un pozo de petróleo que todas las cabezas de ganado, los diretes entre la población hambrienta, palúdica y miserable eran que los oligarcas poseían fortunas ilimitadas. Obcecados por el cuento, obviaban que las luchas por el poder entre los oligarcas no eran por las ideas sino por la renta del Estado, sin importarles lo disminuida que estuviera.

En el siglo XX y en los años transitados del XXI no han faltado fábulas y mitos, pero sin duda que la revolución socialista o comunista fue la ficción que más hondo caló, su promesa de la distribución equitativa de la riqueza era insuperable. Claro, el fundamento era un despropósito aún mayor: la riqueza inconmensurable con que la naturaleza o la Providencia había premiado el territorio venezolano, como para no trabajar nunca. Hecha la revolución se sabe que Merentes no tiene una bola de hierro, pero se han propalado otros rumores, algunos muy fantasiosos. Mi amigo no los repite, solo se pregunta cómo una enfermera contabilista puede tener en una cuenta en Andorra más de 4 millardos de dólares. Nada que vender, sin divisas.