• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Esperanza irrevocable

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Empiece a ocultar sus libros, a esconderlos. A los marxistas militaristas les incomodan las ideas en cualquiera de sus formas, sean escritas, en charlas de amigos o en hojas clandestinas. Textos que en condiciones normales de democracia, de libre expresión de las ideas, podrían ser descartados por insulsos, bajo regímenes totalitarios podrían significar la condena a muerte para su dueño. No se alarme ni se sorprenda.

Pablo Neruda fue un poeta comunista que alardeaba de su ateísmo y de su fe en la clase obrera. Quizás engañado o desinformado, llamó a la Unión Soviética en uno de sus poemas “madre de los libres” y a Occidente “basural”; convocó a ahogar en la sangre derramada a los que la han denunciado como una farsa y alabó a Stalin, el Koba: “Stalinianos. Llevamos este nombre con orgullo.| Stalinianos. Es esta la jerarquía de nuestro tiempo.| En sus últimos años la paloma| La Paz, la errante rosa perseguida, se detuvo en sus hombros | y Stalin, el gigante, la levantó a la altura de su frente.| Así vieron la paz pueblos distantes”. Por supuesto, los poetas, en general,  no se desdicen de sus versos. Neruda no lo hizo. En Confieso que he vivido, sus memorias, se refiere a la tristeza que lo embargó cuando se enteró del “discurso secreto” que Nikita Kruchov pronunció el 25 de febrero de 1956, en el XX Congreso del Partido Comunista, en el que denunció las purgas de Stalin, la feroz represión y sus millones de asesinatos que el culto a la personalidad habían mantenido ocultos. Neruda apenas le dedica unas cuantas palabras al hecho y se desvía a narrar el cambio que sufrió el brasileño Jorge Amado en su escritura a partir de entonces. Se apartó de la literatura militante de Los subterráneos de la libertad y empezó a escribir con la fuerza y la gracia de Gabriela clavo y canela.

Esconda sus libros, incluidos los de Neruda, los de Hemingway, también los de Miguel Otero Silva y los del “insulso” Rudyard Kipling, a quien tanto despreciaba el premio Nobel chileno. Los marxistas de oído acaban con las librerías y destruyen las bibliotecas. Y se convierten en los únicos impresores y distribuidores de libros. En China, por demasiado tiempo sólo se leyeron los ladrillos que produjo Mao para interpretar a Marx, y aquí ya se empezó a distribuir la edición de lujo de los garabatos que hacía Farruco en los consejos de ministros para distraerse, y que podrían ser textos de estudio en las facultades bolivarianas de Arquitectura. Vendo obras completas de Pedro Carreño, en preparación.