• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Enemigos del pueblo

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Lo campos de concentración no los inventaron los nazis. La versión alemana hizo énfasis en la peor de sus vertientes conocidas: los de exterminio, que se encargaban de liquidar de manera definitiva a los que el Estado alemán calificaba de enemigos, por ser de una raza distinta de la aria, que sí fue un invento nazi. Ni los arios puros existían ni los judíos son una raza.

Los zares rusos fueron los primeros que utilizaron los campos de concentración, especialmente en las zonas más remotas y en los territorios más inhóspitos: en Siberia y cerca del Círculo Polar Ártico, pero también en las praderas de Kazajistán, todos con temperaturas insoportables. Pero fue Lenin el que los multiplicó con la revolución de los bolcheviques y los convirtió en parte integral del sistema socialista soviético con el nombre de Gulag, que es el acrónimo de Glavnoe Upranienie Lagerei, que significa campo principal de administración.

No sólo eran cárceles en las que sometían a los más horribles castigos a los condenados, sino también, y principalmente, campos de trabajo esclavo. La condición de ser humano se perdía tan pronto como se fuese incluido en alguna de las categorías de enemigos del pueblo: la derecha, la ultraderecha, la oligarquía, la burguesía, la reacción y la gusanera vendepatria, entre otros, pero también cualquier individualidad o grupo que se opusiera o criticara el régimen que se pretendía establecer en Rusia para salvar la humanidad completa. Nadie que se negara a la implantación de la sociedad perfecta que imaginaban los bolcheviques tenía derecho a la libertad y a la vida, y todos podían ser utilizados como carne de cañón o como fuente de proteínas.

El sistema de gobierno que decía inspirarse en la ideología humanista que acababa con las diferencias de clase y los privilegios devenía en la realidad en el sistema más opresivo, excluyente y criminal que se conociera en la historia del mundo. Desde el verano de 1918 comenzaron a llenarse con aristócratas, comerciantes y demás potenciales enemigos los campos de concentración que se levantaron en las afueras de las grandes ciudades. A los 3 años ya existían 84 gulags en 43 provincias. En 1929, la revolución proletaria que comandaba el asaltante de bancos Iosif Stalin cogió el camino más fácil y barato para acelerar la industrialización de la Unión Soviética: el trabajo esclavo. Hasta 1953, 18 millones de personas habían “conocido en sus entrañas” el sistema, mientras que otros 6 millones habían sido deportados para siempre a los campos de Siberia y sus similares.

La lección, por ahora, es sencilla. El socialismo no industrializó Rusia, como tampoco a China, sino el trabajo esclavo de los “enemigos del pueblo”. El socialismo no es amor, es represión, injusticia y sangre. Cerrado por quiebra.