• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Diplomacia, disfraces y cortesanos

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Hay muchas razones para desconfiar. No solo por el palabrerío, la sinrazón y los dislates económicos, sino también por el vestuario, las consignas y la persistencia en el error. Un estudiante que vaya a estudiar Computación y encuentre que el sistema de inscripción de la escuela tiene fallas, que le permite inscribir materias cuyos horarios chocan, o que las computadoras no funcionan, se está enterando de antemano de que ahí no hay mucho que aprender. Si al acto de presentación de credenciales el embajador de un país cualquiera viste guayuco yanomani y la esposa falda de colores y blusa llanera, no habría razones para considerarlo una cortesía, sino una burla o un acto inamistoso.

No hay historia escrita de algún embajador de la burguesía nacional y pitiyanqui que se haya presentado en la Casa Blanca vestido de peregrino o de cuáquero, de tirolés en la casa de gobierno de Suiza, de geisha en el Reino del Sol Naciente o con sombrero cordobés o traje de luces en La Moncloa. Si algún ministro se puso el batolón árabe fue en algún acto de esparcimiento privado, no como demostración de confraternidad entre los pueblos.

En las relaciones diplomáticas cada gesto tiene su significado y consecuencias; eso debería saberlo la persona que esté al frente de esas funciones, sea hombre o mujer. Su responsabilidad no se limita a permanecer callado y parecer que piensa mientras se frota el diente roto con la lengua, sino que puede llegar a ser otra tan importante como no provocar una guerra, pero igualmente significativa: no hacer el ridículo, como arremangarse el paltó al estilo cubano.

Afortunadamente, para los residuos de seriedad que todavía quedan en el servicio exterior, ya el régimen talibán se desplomó en Afganistán y la representación diplomática venezolana no tendrá que salir a comprar burkas. Les preocupa que se organice una gira por la India o Tenerife, no solo por la vestimenta que conllevaría, el sari o el traje de maja, sino por la dificultad que implica transportarse en elefante o dromedario.

En estos tiempos en que se lee a Maquiavelo para tiranizar al pueblo y no para enseñarle a defenderse del Príncipe, quienes deben velar por los intereses del país anteponen sus blusas de hilo de oro a cualquier tarea patria. Hablan de soberanía y cuestionan el “injerencismo”, pero callan un reclamo que sí supieron llevar en alto venezolanos como Rafael Seijas y Alejo Fortique, que defendieron la Guayana Esequiba como una causa del país, sin disfraces. Vendo guayabera cubana y sombrerito guajiro, oye tú.