• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Dialéctica, fe y nevera vacía

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Todos saben, sin que sea necesario esforzar la memoria ni perturbar la imaginación, qué irritante desazón sintió Jorge Giordani cuando se acercó a esa versión criolla y tropical de la Gestapo en que ha devenido la Guardia Nacional desde que le pusieron el apellido “Bolivariana”. Aunque se identificó como gran amigo y ex ministro de Hugo Chávez, le hicieron la misma cruz y respondieron con la misma indiferencia con la que tratan a la población civil en general. Perdón, hubo una diferencia fundamental: no le pidieron la cédula de identidad ni le ordenaron: “Contra la pared, ciudadano, y no se resista a la autoridad”.

Seguramente lo reconocieron, no tanto por su aspecto de hippie anacrónico y su mirada perdida, sino porque todos los venezolanos lo vieron en la televisión afirmando que los pobres no necesitaban dólares para ir a comprar en los mercales ni en los supermercados privados, tampoco para que los atendieran en los CDI, ni en los hospitales ni en las clínicas privadas, que la cotización del dólar era un problema exclusivo de los ricos, que estando en manos del Estado los medios de producción y los servicios, el pueblo tenía garantizada su alimentación y su salud. Mentiroso de siete suelas.

Se pueden olvidar las facciones del carterista que te conversa en el Metro para que te descuides, también el rostro del hampón que te amenaza con una pistola humeante, pero nunca la mirada, los gestos y el palabrerío del estafador que te dejó en la calle; que te arrebató el carro y los ahorros; que te quitó el reloj, el trabajo y la tranquilidad. Su cara está presente en cada desgracia. No fue un error convencionalmente humano, sino que diabólica y perversamente perseveró en su patraña, en hacer mal, en quebrar la hacienda pública para hacernos miserables. Sigue convencido de que con esa alquimia asesina se construye el socialismo. Perfecto idiota.

Habiéndose creado la fama de lector de Gramsci, se presentó como un asceta, siempre presto a aconsejar y a disfrazar su codicia con la utopía del socialismo, obtuvo los cargos más importantes. No triunfó, pero ayudó a sus amigos y a los hijos de sus amigos a incrementar sus inmensas fortunas y les tapó las tropelías y los atropellos al Derecho y la razón. Se rió cuando en una reunión de expertos internacionales lo escogieron como el peor economista y el peor ministro, pero ahora, cuando da pancadas en el degredo que trajo, exige un trato especial por haber sido él quien echó más excrementos a la sopa. Liquido bonos al portador y bolsa, bien bolsa.