• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Decires, maldiciones y embustes

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Afirmó el que dice que no dijo lo que dijo y que anda con un mazo de pitecantropus inerectus tratando de que se desdigan los que dicen lo que él dijo que no hay diferencias entre un funcionario y un militante del PSUV, que ambos son partes del mismo conglomerado y que no hay que quejarse, ni asombrarse, de que los candidatos de la alianza oficialista repartan carretillas de comida de Mercal, bombillos de Corpoelec, apartamentos de la Gran Misión Vivienda, línea blanca y marrón de Tu casa Bien Equipada, Canaimitas de la Misión Guiso, las cabillas y sacos de cemento de Barrio Tricolor y cualquier otro ingrediente con que el populismo exacerbado intenta ganarse la voluntad de quienes han sufrido más en estos 17 años del gran salto a la penuria.

Habiendo borrado de un mazazo la autonomía de los poderes, es obvio que el que dice que no dijo lo que dijo considere que la bolsa del Estado es la bolsa propia, y que sea normal que el Tesoro tenga cuentas numeradas en bancos suizos o en sus sucursales en Andorra a nombre de funcionarios, no de la institución, y que nadie dé explicaciones o se dé por enterado. También es normal que el más rojo de los Villegas reparta todo lo que a bien tenga que repartir, desde ranchos por casas hasta televisores pantalla plana de 60 pulgadas, aunque no los pague de su bolsillo. Nunca ha tenido ingresos adicionales a sus escuálidos emolumentos de burócrata que el 10% que por derechos de autor le correspondió por un libro que no cogió pizarra.

“Somos del mismo proyecto”, repite el que dice que no dice lo que dijo, y le parece de lo más revolucionario que la señora Jacqueline Faría, todavía olorosa a promesa no cumplida, a Guaire sin limpiar, se una a las cuadrillas de Corpoelec que reparten bombillos en tiempos electorales en las zonas donde anda de recorrido proselitista. Son un todo, es verdad. Los mismos que reparten alas de pollo son los que desaparecen los huevos, el pernil, las caraotas, el papel tualé y ganan una millonada por ponerle precio de lingote de oro a una latica en el que flotan unas hebras de atún sobre un lecho de aceite sospechoso.

Son el mismo todo, pero no son muchos. No llegan a 45 los que desde 1999 juegan a la silla en Miraflores, y cuando pierden la gracia se van a Manhattan, Florida o las islas Madeira a descansar, a jugar boche o criar caballos de paso, nunca a Cuba ni a Bielorrusia, mucho menos Corea del Norte. Lo mejor del viaje a Moscú eran los 3 días en París, que no eran eternos. Verbigracia. Huevos hinchados, no actos para la venta. 


@ramonhernandezg