• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

Al instante

Amargura, desfachatez y robo

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El azúcar desapareció. Tampoco abunda el papelón y la panela. Si se consiguen, los precios son inasequibles. Otro paso hacia la utopía precolombina.

Guaicaipuro no tomó café para mantenerse despierto ni lo probó nunca. Tampoco se desayunaba con arepas y chocolate humeante, aunque en sus excursiones guerreras se detenía embelesado a contemplar los cacaoteros a la sombra de bucares y caobos. El dulce es un sabor aprendido y la caña de azúcar una planta traída a América; el cacao, autóctono.

Tamanaco, Tiuna, Chacao, Catia, Naiguatá, Caricuao, Uripata, Araguaire, Guarauguata, Mamacuri, Anarigua, Querequemare, Aricabuto, Baruta, Paramaconi, Urimare y Paramacay no tenían el cuerpo de atleta ni los pectorales que los ilustradores les imaginan, tampoco la barriga pronunciada de los militares contemporáneos. Eran más bien pequeños, pero bastante ágiles y valientes. Vivían de la caza y de la pesca, nunca imaginaron el valle de Caracas como una plantación de ocumo o un gran cañaveral, que a falta de oro, era la manera que tenían los conquistadores de hacer fortuna. Diego de Losada quería sembrarlo desde Mariches hasta Tacagua y más allá de las Adjuntas.

Que en las primeras décadas del siglo XXI todavía el habitante de Caracas pueda toparse aquí y allá con ruinas de viejos trapiches indica que fue una actividad económica de importancia en tiempos idos. Las Mercedes era una hacienda de caña, también La Urbina y lo que ahora se conoce como Nueva Caracas; el café y el tabaco se daban en Prados del Este, La Trinidad y El Hatillo, pero que se encontraran algunos gramos de oro distorsionó la actividad agrícola hasta que llegaron los urbanizadores y la eliminaron.

Si se atiende bien quienes fueron los financistas de Colón y se desecha la falacia de que Isabel la Católica empeñó sus joyas para afrontar los gastos del primer viaje, quizás entenderíamos que lo que más quería encontrar el Almirante eran tierras para cultivar caña de azúcar, y que fue la pirita, esa versión para tontos del oro, la que le dañó la sesera.

Sin pirita, pero con petrodólares, Elías Jaua, un sociólogo de bomba molotov y capucha de jueves en jueves, y con el cargo de ministro de Agricultura y Tierras, eliminó cañaverales, tomó las plantas procesadoras y obligó a gente sin mañas agrícolas a sembrar pimentones y tomates en invernaderos hechos para otros climas. Ahora no hay tomates, pimentones ni azúcar, pero el destructor fue Cristóbal Colón, a veces dicen que la CIA. Jaua goza de impunidad y no le gusta el café amargo ni el chocolate espeso. Cerrado por expropiación.

@ramonhernandezg