• Caracas (Venezuela)

Ramón Hernández

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Ramón Hernández

Adiós, Coba

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Desde la declaración de la independencia en 1811 hasta su plena conquista en 1821, con la batalla de Carabobo, transcurrieron diez años. Todas las escaramuzas y matanzas que vinieron después entre los que se consideraban legítimos herederos de las luchas de liberación nunca igualaron en sangre, destrucción y sufrimiento los horrores y terribles sacrificios que se vivieron para conseguir el sueño de ser un país soberano. Ningún otro país de América pagó un preció tan caro como Venezuela, y como si fuera poco sus patriotas fueron a ofrendar su vida en luchas en tierras lejanas que en esencia pertenecían a otros. Fue una década en la que el país se convirtió en un campamento provisional mientras se huía o mientras se recuperaban fuerzas para atacar otra vez.

Desde entonces han sido pocos los momentos de paz. La degollina que los fastuosos siguen denominando Guerra Federal fue la más larga y cruel. La proporción de momentos de paz y de libertades ha sido minúscula si se compara con los períodos de vejámenes y operaciones militares. Con todo, el venezolano sigue siendo, en esencia, un hombre de paz y de diálogo, pero su fortaleza, decisión y valentía es del tamaño del compromiso que se le presenta.

Pacífico, pero no pendejo.

Equivocadamente, mal aconsejado por quienes han prevalecido por medio del terror en su imposición de utopías mal concebidas y peor aplicadas, el Coba criollo ha amenazado con la "inestabilidad", la guerra civil, si no es reelegido por tercera vez jefe del Estado. Advierte que si no aceptamos que mande dos décadas seguidas, por ahora, volverán los entretenimientos del "Iluminado" Espinoza, el indio zamorano que descogotaba a todo blanco que supiera leer, pero también a mulatos leídos y afrodescendientes rocheleros.

Tan ética conducta de amenazar con los tiburones si no entregamos las bolsa no es una novedad en boca del filibustero ni a bordo del barco que se ha empeñado en llevar a pique. Es lo que se vive a diario en los callejones y bocacalles de la existencia. Sin embargo, a pesar de la gran indefensión, la ciudadanía, el pueblo consciente de sus deberes y derechos, no se rinde. Sabe que encontrará la manera de imponerse y de desalojar la incuria y el atropello. Camino hay.

En su primera aproximación a los electores, en 1998, negó y volvió a negar que tuviera ideas socialistas, no quería que lo relacionaran con el imperio soviético que acababa de desplomarse o con la hambruna persistente en Cuba. Ahora, con el petróleo por encima de 100 dólares, se cree tan poderoso que presenta el infierno como si fuese el cielo, sin darse cuenta de que las llamas le consumieron el disfraz de angelito.

Nadie gana elecciones ofreciendo socialismo o paredón. Adiós, Coba. Cerrado por celebración.