• Caracas (Venezuela)

Ramón Escovar León

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La verdad revolucionaria

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“Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”, le dice don Quijote a Sancho en el capítulo XXV de la primera parte de El Quijote. En este pasaje Cervantes quiere significar que la verdad es relativa, cada cual tiene la suya y a partir de esa verdad dirige su conducta, que en el caso de don Quijote está amparada en su desajuste mental, ya que se mueve por ilusiones y se maneja sobre la base de sus ficciones producto de las excesivas lecturas de las novelas de caballería. Algo parecido está ocurriendo en Venezuela. Hay dos verdades: la del gobierno chavista y la de la oposición democrática.

En efecto, los dirigentes de la llamada “revolución bolivariana” manejan su verdad, que consiste más o menos en lo siguiente: Hugo Chávez es el máximo líder de la revolución y representa la encarnación política de Simón Bolívar. Para concretar sus ideas se ha diseñado el “Plan de la Patria”, cuya aplicación representa el progreso ético, político, cultural, psicológico y económico de Venezuela. El fundamento ideológico es una mezcla de ideas tomadas de Marx, el Che Guevara, Fidel Castro, Zamora, Simón Rodríguez, Bolívar, Perón, Ceresole, Antonio Gramsci y, más recientemente, del español Alfredo Serrano, llamado por alguien “el Jesucristo de la economía”, es decir, es una amalgama de teorías contradictorias y disímiles que se integran en eso que se llama el “socialismo del siglo XXI”, el cual es una especie de religión cuya figura única es Hugo Chávez. En esta ristra no puede dejar de citarse a Lucas Estrella, el autor del libro que popularizó Hugo Chávez al comienzo de su mandato, titulado El oráculo del guerrero, que habría sido una de sus fuentes de inspiración. Todo esto evidencia que el fundamento ideológico del chavismo es confuso, contradictorio y enrevesado, pero en lo que no hay duda es que predica el autoritarismo y el militarismo populista.

Esta verdad, así vista, es producto de ese enredo ideológico que se potencia con el culto a la figura del caudillo militar. Por eso es que se ha ido generando un plan de estudios que pretende trasladar el culto a Bolívar hacia el culto a Chávez en las escuelas. Una tarea pendiente que tienen los demócratas venezolanos es revisar los textos escolares y determinar en qué medida se pretende desviar la verdad y escribir una “historia” que nada tiene que ver con lo ocurrido. Como ejemplo de esto tenemos el rostro del Libertador que ha invadido los espacios públicos y que ha pretendido cambiar sus rasgos para legitimar esa “verdad” que el chavismo ha pretendido construir para Venezuela. Hay que dejar de lado el culto a la personalidad y discutir a fondo el tema de los textos de historia de Venezuela que se están usando en nuestras escuelas para evitar que la cultura militarista se arraigue aún más en el espíritu venezolano. Ver la historia de Venezuela como una epopeya heroica donde se exalta la figura del militar y se deja al civil en un segundo nivel es algo que debe ser discutido seriamente. Ramón Escovar Salom afirmaba que había “que bajar a Bolívar del caballo y vestirlo de civil” porque el Libertador tenía ese rostro civil; sus cartas recogen muy bien su perfil de escritor y pensador. Si queremos desterrar de Venezuela la vocación militarista, hay que revisar la forma como hemos estudiado nuestra historia y la manera como se ha profundizado el culto a un “líder”, como si fuese una religión intransigente.  Es lo que Luis Castro Leiva llamaba la “teología bolivariana”, de la cual se desprende que ser bolivariano es equivalente a ser “patriota”; y sería un traidor quien no profesa estas “verdades”.

En este contexto se explica que los gobernantes justifiquen su fracaso en una pretendida “guerra económica” que, según ellos, es la causa de ese enorme fracaso que ha dejado a Venezuela en escombros. En este aspecto se puede volver a don Quijote, quien veía gigantes que debía combatir donde en realidad había molinos de viento. En el caso de los “revolucionarios” venezolanos, ven el imperio y una supuesta guerra económica donde en verdad hay funcionarios ineficientes que aplican políticas económicas provenientes de recetas ideológicas fracasadas, como quedó evidenciado con la Unión Soviética y con Cuba. La realidad en la ficción “roja rojita” es sencilla: el fracaso no es culpa del gobierno sino de otro, en este caso, de la oposición, del “imperio”, de la “derecha” y de los “traidores de la patria”. Para esta posición, el fracaso no se debe a la corrupción, al control de cambio y de precios, a las expropiaciones que arruinan la empresa privada, a tener un Banco Central sometido, sino a la acción del enemigo. El dueño de la verdad revolucionaria no es el culpable de nada sino víctima del “imperio” y sus “lacayos”. Así de simple es esta verdad.

Pero, por fortuna, el pueblo venezolano ha apreciado los hechos de otra manera. Las causas del fracaso de este modelo son las políticas de controles diseñadas por el autoritarismo y por el marxismo trasnochado, el control de todos los poderes y de todos los espacios políticos y culturales. Hay otra sencilla verdad: las libertades económicas y políticas, la democracia, la independencia de poderes, la pulcritud y transparencia en el manejo de los recursos públicos, el gobierno civil, la austeridad, la decencia, un Tribunal Supremo de Justicia y Poder Moral independientes, entre otros, son requisitos necesarios para reinventar la república. Se trata de ver las cosas desde dos ángulos distintos, como sabiamente se lo explica don Quijote a Sancho.