• Caracas (Venezuela)

Ramón Escovar León

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Vicente Puppio y el valor de la palabra empeñada

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La idea de la justicia y del compromiso de la palabra empeñada se encuentra en una de las historias cervantinas de mayor fuerza literaria. Se trata del caso del niño Andrés, quien, en el capítulo IV de la primera parte de Don Quijote, era azotado por Juan Haldudo, un labrador que lo explotaba y no le pagaba su salario. Este maltrato fue presenciado por el “Caballero de la triste figura”, quien se presenta a demandar el cese del maltrato exclamando: “Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada”. Con esta sentencia se dirige don Quijote a Haldudo para advertirle que recibiría una sanción de continuar con los maltratos al joven Andrés. De acuerdo con el código moral caballeresco, don Quijote tenía que intervenir para evitar el abuso de poder de unos sobre otros. Ese es su sentido de justicia y se sentía obligado a imponerlo por la fuerza si era necesario.

Más adelante, Andrés aparece nuevamente (capítulo XXXI) y esta vez le pide a don Quijote que no lo ayude más, porque al hacerlo lo perjudica: “Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que sea mayor la que vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo”. Esta reacción de Andrés se debe a que el labrador Haldudo había faltado a la palabra empeñada a don Quijote, y una vez que este se despidió, el labrador continuó con los maltratos. Ante esto, don Quijote reconoce que los villanos no cumplen con su palabra porque esta es una virtud de las personas de honor, y afirmó que vengaría semejante falta.

Esto lo señalo en vista de que el lunes 29 de febrero falleció mi entrañable amigo, el profesor Vicente Puppio González, cuando se dirigía a la Universidad Católica Andrés Bello a aplicar un examen parcial a sus alumnos de Derecho Procesal Civil. Su fallecimiento afectó al mundo universitario, profesional, deportivo y a sus amigos y familiares. Ello porque Vicente fue un destacado y exitoso abogado litigante, autor de la Teoría general del proceso, una de las obras más vendidas en el derecho venezolano; fue defensor de causas que involucran la violación de los derechos humanos de personas perseguidas en los años recientes. Siempre ejerció esta tarea con inteligencia, dignidad, coraje y probidad. Además, Vicente fue un deportista relevante, quinto dan en karate, piloto privado con más de 10.000 horas de vuelo, un hombre de posiciones valientes ante la vida y ante las dificultades, de fino y agudo humor, amante de los animales y de la naturaleza, amigo incondicional y, sobre todo, caballero que respetaba la palabra empeñada. En su multitudinario velatorio, con asistencia de los más variados sectores sociales, económicos y culturales del país, sus amigos reconocían unánimemente estas virtudes de quien había partido al lugar a donde se marchan las almas nobles. En dicho velatorio se advertía no solo esa multitud humana, sino el dolor que afectaba a los asistentes.

De todas las virtudes de Vicente, con las que pudiera escribir un libro, quiero resaltar dos: su coraje y el respeto por la palabra. Cumplir con esta última, como en la historia de don Quijote, era un asunto serio. Esto tiene relevancia como reflexión general en un país en crisis como el nuestro, en el cual la palabra empeñada no tiene ningún valor. Estamos viviendo la caída libre del país a esta situación de caos económico, político, ético e institucional en el que nos encontramos. Aquí los líderes populistas llegan al poder después de hacer una cadena de promesas que luego incumplen: prometen una cosa y hacen la contraria. Se elige a un militante partidista para integrar el Tribunal Supremo de Justicia y jura que cumplirá con la Constitución, y de inmediato se pone al servicio de una parcialidad política y comienza a dictar sentencias complacientes. Pero el asunto no solo se limita a las promesas del “gobierno revolucionario”, sino a un estado de descomposición general donde poco (o nada) se respeta lo que se promete y lo que se acuerda. Estamos en un ambiente de desconfianza, el cual se evitaría si hubiese una cultura de compromiso y del valor de la palabra. No en balde don Quijote prometió vengar los maltratos al joven Andrés.

Estos valores de Vicente Puppio es lo que explica el enorme afecto que la multitud que concurrió a su velatorio expresó con sus rostros de llanto. Porque eso de cumplir con lo que se acuerda es complejo, y una promesa permite desarrollar “una auténtica memoria de la voluntad”, como decía Nietzsche en su Genealogía de la moral. Vicente era un hombre disciplinado y de enorme constancia, en su obra jurídica, en su exitosa carrera profesional y, sobre todo, en la cantidad de personas que lo querían de manera incondicional. Y digo todo esto guiado por mi afecto de amigo porque, como dice Sándor Márai en El último encuentro, “la amistad es la relación más noble que pueda haber entre los seres humanos”, lo que no es poca cosa en tiempos en los que campean los Juan Haldudo.