• Caracas (Venezuela)

Ramón Escovar León

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Don Quijote en el IV centenario de la muerte de Cervantes

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“He aquí un libro, constante en su eficacia seductora, que suscita alternativamente diversión, profundo meditar, sonrisa, risa desenfrenada, o íntima melancolía, según centenares de veces ha sido dicho”, afirma Américo Castro en su ensayo La estructura del Quijote. Y resulta oportuno evocar al gran cervantista español cuando el 22 de abril se conmemorará el IV centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, quien dejó a la humanidad una de las obras más relevantes de la literatura universal: Don Quijote de la Mancha. Las academias venezolanas tendrán una acto conmemorativo en el paraninfo de su sede en Caracas, el 1° de abril a las 11:00 am, auspiciado por la Embajada de España y la Academia Venezolana de la Lengua, porque es necesario recordar una fecha tan importante para los hablantes de la lengua española, y particularmente para los venezolanos, en momentos en que nos hace falta leer y releer El Quijote y así reflexionar sobre el rescate de nuestros valores espirituales, morales, culturales, literarios, jurídicos y políticos.

Dentro de los muchos elementos de la obra, destacan los valores morales que defiende don Quijote en sus aventuras, siempre inspirado por el código moral caballeresco, producto de su lectura de las novelas de caballería. En defensa de esos valores, no admite abusos ni maltratos hacia nadie. Y en virtud de dicho código, el caballero tenía que involucrarse en la búsqueda de su sentido de justicia; por ello interviene cuando Juan Haldudo golpea al joven Andrés (capítulo IV, primera parte) y cuando los galeotes son llevados en contra de su voluntad (capítulo XXII, primera parte). Este sentido de justicia está ambientado en la España del Siglo de Oro, donde había un amplio desarrollo de la cultura jurídica, impulsada, entre otras cosas, por la litigiosidad de la sociedad. Esta litigiosidad es recogida por Cervantes en las constantes disputas que tenía “el Caballero de la Triste Figura” en sus aventuras, y que eran aguijoneadas por su sentido del honor, de la justicia y de su compromiso con la palabra empeñada. Tal vez por eso se estima que Don Quijote es, además de lo que se ha señalado, un libro con contenido jurídico, como bien lo destaca el profesor Roberto González Echevarría en su libro titulado Love and Law in Cervantes (Yale University Press, 2005).

En este contexto, don Quijote se topa con un grupo de hombres que son llevados como esclavos a las galeras reales, tal vez debido al “torcido juicio del juez”, a quienes se dirige y pregunta lo que acontece. Cada cual ofrece sus respuestas y ahí concluye que las faltas que se les imputaban a los presos no eran suficientes para llevarlos contra su voluntad. Aquí se observa que lo importante es que los galeotes son llevados obligados, lo que perturba a don Quijote al tiempo que estima que las penas son desproporcionadas en relación con las faltas cometidas. Hay que tener en cuenta que Cervantes no propicia el delito sino que busca que la justicia se imponga también en el castigo. Y en este pasaje se observa el exceso: por robar una mula no puede imponerse con justicia una pena de cinco años.

En este capítulo (XXII de la primera parte) se observa también que don Quijote razona deductivamente a partir de sus normas abstractas extraídas de las novelas de caballería. Sancho, al contrario, iletrado y sin prejuicios, razona inductivamente, a partir de lo que observa, y es quien llama la atención a su jefe de sus errores a partir de su sentido común y su manera de ver la realidad. Como hecho resaltante de esta aplicación de la “justicia”, tenemos el caso de uno de los personajes de las galeras reales, el pícaro Ginés de Pasamonte, quien es liberado por don Quijote porque pensó que lo llevaban contra su voluntad. Este “pícaro” luego reaparece en los capítulos XXV y XXVII de la segunda parte con el nombre de Maese Pedro, con el disfraz de un titiritero embaucador. De este personaje dijo Sancho que “habla más que seis y bebe más que doce”. Por eso hay que desconfiar de los personajes que hablan sin parar, sobre todo de lo que no saben.

La lectura de Don Quijote produce dudas sobre la vida, sobre el mundo, e incluso lo pone a uno a cavilar sobre lo que es la libertad de pensar y de existir, sobre todo para quienes vivimos con nuestras libertades constitucionales amenazadas. Hay un desbordamiento del poder autoritario que reprime las libertades y que se muestra ineficiente para resolver los problemas de corrupción, inseguridad, salud y alimentación. Nuestro sistema judicial, en lugar de expandir los derechos de los venezolanos cada vez más, los restringe y dificulta, como ocurre con las decisiones que obstruyen las labores de la Asamblea Nacional, elegida con 70 % de apoyo del electorado.

En un ambiente de esta naturaleza, nada mejor que leer disciplinadamente esta obra magna de nuestra cultura y de nuestra lengua. No en balde, en un pasaje muy citado, recogido en el capítulo LVIII de la segunda parte, don Quijote le dice a Sancho: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”.