• Caracas (Venezuela)

Rafael Simón Jiménez Meleán

Al instante

¿Quién ofende a Bolívar?

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Bolívar es sin duda el hombre más trascendental que haya nacido en Venezuela. Su genio, su clarividencia y sobre todo su obra emancipadora lo proyectan como un patrimonio del conjunto de los ciudadanos, no solo de nuestro país, sino de medio continente suramericano liberado por su empeño y su espada, y como un símbolo que debe estar colocado por encima de parcialidades y banderías.

Fueron precisamente autócratas, megalómanos y caudillos de todo pelaje quienes pretendieron construir en torno a su figura un tinglado que les sirviera de justificación a sus despropósitos, profanando y ultrajando la memoria de un hombre cuya prédica y acción, aparece indisolublemente ligado a principios libertarios y republicanos.

Antonio Guzmán Blanco, Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez, cuatro de los mayores déspotas de nuestro accidentado devenir, intentaron emparentar sus despropósitos con la obra y el nombre de Bolívar, implantando simbologías, rituales y cultos que pretendían colocarlos como albaceas, intérpretes o continuadores de la obra inconclusa del padre Libertador.

La manipulación del nombre y la figura de Bolívar, en tiempos de Hugo Chávez, llegó al paroxismo; utilizando al padre de la patria para apellidar un proyecto político sectario y personalista, se dividió, confrontó y discriminó a una inmensa masa de venezolanos, que al oponerse al demencial empeño de imponer un modelo político atrasado, opresivo y fracasado, se calificaban como traidores a la patria y por tanto segregados del paraguas protector de un bolivarianismo de utilería, levantado  solo como mecanismo de control político y electoral sobre la sociedad.

En función de manipular la significación del Libertador, se fue creando una especie de identidad, de sincretismo, de fusión, entre la obra del grande hombre, y los objetivos de poder personal e indefinido de Hugo Chávez, y  para ello se reescribió, distorsionó y tergiversó la historia nacional y se construyó un relato propagandístico perverso, según el cual los objetivos de Bolívar habían quedado inconclusos y traicionados por la acción de élites y oligarquías lugareñas que obedeciendo a intereses mezquinos habían destruido su legado y lo habían condenado al ostracismo, muriendo con la inmensa frustración de ver perderse el proyecto e ideario al que había dedicado su existencia.

Borrando de un plumazo la bicoca de 169 años de evolución histórica (es decir, entre diciembre de 1830 y diciembre de 1999) los apologistas de Chávez lo colocaron como el hombre a quien el destino y la providencia  habían asignado el protagónico rol de rescatar, continuar y concluir la frustradas realizaciones del Libertador, y en función de esa desmesura, y aun cuando no se atrevían a señalarlo explícitamente, Chávez terminaba, en esa narración interesada y mentirosa, siendo superior y más grande que Bolívar, pues mientras este había muerto frustrado, amargado, perseguido, proscrito, viendo hacer añicos sus proyectos de unidad latinoamericana, en cambio el prócer de Sabaneta había podido concluir su obra reivindicadora y liberadora plenamente y sin contratiempos.

Obviando deliberadamente los grandes, incomprendidos e infructuosos esfuerzos realizados por Bolívar, hasta su último aliento por la unidad de los venezolanos, e incluso de los pueblos de América, Hugo Chávez y sus paniaguados utilizaron su “revolución bolivariana” como un mecanismo de división, cisma, ruptura y desgarramiento entre compatriotas, y su retórica incesante llamaba en forma permanente a excluir, perseguir y segregar a todos quienes no comulgaran con sus ideas anacrónicas, desfasadas y antihistóricas, llenándolos de dicterios y descalificaciones.

Hoy, cuando a propósito del retiro de los cuadros de Bolívar y Hugo Chávez del hemiciclo de sesiones de la Asamblea Nacional, el oficialismo, aún turulato luego de su contundente derrota electoral del 6-D, ha querido armar una alharaca, comprometiendo incluso al Alto Mando Militar en una labor de clara inherencia y parcialidad política contraria a sus deberes profesionales y constitucionales, es bueno significar que ha debido y debe  diferenciarse en el trato a una y otra figura, y ha podido también ser más elegante en los procedimientos.

Bolívar en cualquier formato o rostro que lo simbolice, debe ser asumido, respetado y venerado como un patrimonio común de los venezolanos, porque la grandeza de su obra libertaria lo coloca por encima de cualquier diatriba opugna banderiza. En el caso de Hugo Chávez, un líder cismático, controversial, pendenciero, que se autoasignó el papel de excluir, estigmatizar y descalificar a quienes no comulgaban con sus patológicas ambiciones de mando perpetuo, tienen sus no pocos seguidores el legítimo derecho de recordarlo, honrarlo y si quieren incluso rendirle culto, rezarle o pedirle milagros, mereciendo esos sentimientos el mayor respeto, por eso lo lógico era, de la manera más considerada, entregarle el retrato a sus parciales, para que le escogieran un lugar de veneración o peregrinación.

A lo que no puede aspirar el menguado oficialismo es a imponerle a una parte cada vez más importante del país que divergió de Chávez, y confrontó sus métodos, atropellos y abusos, el culto por una figura que para muchos fue el verdadero inspirador y gestor del desastre y la destrucción que hoy estamos padeciendo los venezolanos.